¿A quién amenaza el populismo?

¿A quién amenaza el populismo?

Se ha vuelto una especie de acusación banal lanzada para desacreditar al adversario.

30 de julio 2020 , 09:25 p.m.

‘Populismo’ es un término de la sociología política cuyo rigor conceptual, sin embargo, ha sufrido un desgaste progresivo que amenaza con disolver su unidad de significado. Aplicado de manera indiscriminada a determinados fenómenos de masas calificados —sin la menor cientificidad— como poco democráticos en los cocteles de los sectores dominantes, su uso extendido simplista y simplificador le asigna un recorrido degenerativo que corroe el régimen político.

‘Populista’ se ha vuelto una especie de acusación banal lanzada para desacreditar al adversario, buscando asociarlo con algo ilegal e ilegítimo, autoritario o peligroso. Últimamente, con este adjetivo la ultraderecha (en Colombia, el uribismo) ha intentado —sin lograrlo— sacudirse el estigma fascista y neoliberal endilgándoselo a sus antagonistas como una maldición, que lo identifica con demagogia y despilfarro económico.

Aparecido inicialmente en la Rusia de 1878 como narodnichestvo, el término fue traducido como ‘populismo’ a otras lenguas europeas para nombrar una fase del desarrollo del movimiento socialista. El historiador Richard Pipes en su estudio clásico explicó que ese término se utilizó para describir la ola antiintelectualista de la década de 1870. Surgió en los Estados Unidos luego de 1891, para referir el efímero People’s Party (Partido del Pueblo), entonces apoyado por las clases medias progresistas y los granjeros pobres, principalmente.

Adoptado por la academia –entre otros por el sociólogo Edward Shils–, no se refería a un tipo de movimiento en particular, sino a una ideología que podía encontrarse tanto en contextos urbanos como rurales y en sociedades de diverso tipo en las que una ciudadanía activa, una masa crítica, empezaba a interesarse por el mejoramiento en la calidad y eficacia de las mediaciones públicas con sus comunidades. Para el sociólogo Ernesto Laclau (La razón populista lrp, 2005), su punto de partida en la región está en la existencia de una crisis de representación que le abre paso a la posibilidad de agruparse discursivamente bajo el significante de pueblo a una serie de demandas dislocadas y fragmentarias.

Como categoría de análisis, el ‘populismo’ no es una moda coyuntural sino un entramado plural y democrático; en otros términos, la conjunción propositiva de movimientos sociopolíticos, sectores cívicos y clases medias progresistas e intelectuales, sindicalistas urbanos y trabajadores de la cultura que periódicamente superan su transitoria dispersión humana y se reinventan tras ideales de alto valor democrático y moral (con una agenda de mínimos vitales) para disputarles el escenario político a otros formatos organizativos que se abrogan la capacidad excluyente de copar la ‘institucionalidad política’ que instrumentalizan para derivar privilegios y gabelas del Estado clientelista.

El ‘populismo’ politiza esferas de la sociedad que antes descreían de las oportunidades de la militancia política, pues el discurso del populismo es un discurso de derechos, y no solo una redefinición de la vieja idea del derecho individual con el cual se conectaban a la política. En estas condiciones, el ‘populismo’ construye gradualmente una institucionalidad con el apoyo de nuevos actores, para los cuales la insignia populista es una distinción democrática del más alto valor. Así, se presenta como una fuerza de renovación política moderna que cuestiona rasgos problemáticos de la institucionalidad representativa en reclamo de una mejor calidad de la democracia, la sostenibilidad ambiental y la no violencia, generalmente presentadas en gigantescas movilizaciones populares.

Esa presencia activa en el escenario público proyecta la existencia de dos modelos contrastables; a saber, aquel que se oculta tras la burocracia y las élites dominantes y que no procura cambiar nada, y un contradictor masivo, pluralista y democrático que desea alterar profundamente la realidad existente. El primero, encarnado por los partidos tradicionales y los apoyos condicionados de los grupos económicos, que así les premian y promueven el conformismo, y el otro, un liderazgo carismático sostenido por las nuevas organizaciones sociales cuyas demandas de redistribución equitativa de bienes y servicios han sido históricamente negadas o aplazadas.

Las reapariciones permanentes de los populismos —que en esencia son sectores alternativos e independientes con agendas transformadoras—, lejos de convertirlo en una imagen fantasmagórica y amenazante, lo acercan como una realidad concreta y, hasta cierto punto, favorecedora para los sectores sociales más vulnerables y clases medias en descenso, y que apunta a la creación de un modelo simplificado de democracia directa que elimina el complejo de mediaciones y controles característicos en la política indirecta de la democracia representativa tradicional.

El principal desafío de las nuevas coaliciones progresistas o sectores alternativos —De la Calle y Petro— que ya se empiezan a plantear para el 2022 será recuperar una senda que permita alcanzar y complementar un considerable crecimiento económico, la reducción de la pobreza y la distribución más justa de sus beneficios.

Alpher Rojas Carvajal

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