La puesta del sol

La puesta del sol

La vejez es fruto maduro. Cae por su propio peso: declina porque llegó la hora de dar gloria a Dios.

04 de diciembre 2019 , 07:00 p.m.

Queridos amigos lectores: el pasado 21 de agosto cumplí 94 años. En medio del agradecimiento que siento por llegar a esta edad, deseo compartirles esta reflexión que por mi onomástico decidí poner por escrito.

Miramos con naturalidad la puesta del sol. Es normal, es natural que el sol, después de cumplir su diaria labor, decline y se oculte, dejando que las estrellas brillen. Se oculta sin chistar, sin quejarse de ocultarse: ya cumplió su labor.

La vida humana tiene un recorrido parecido: nacer, crecer, prestar un servicio de tantos años, declinar y retirase en paz, en silencio, para dar espacio a otros seres. Al igual que las estrellas tienen también su misión: iluminar discretamente la noche. Así debe ser el anciano: declinar y desaparecer en paz, en las manos de Dios.

Es bella la vejez: en esta hora tranquila, mirando hacia atrás, caigo en la cuenta de lo mucho que me ha amado Dios. Soy obra del amor de Dios. Me sacó de la nada y me dio la dicha de vivir. Vivir, sí, vivir con la vida que me dio Dios. Vivir. Ser. Pero no para callar, sino para reflexionar y agradecer lo mucho que me ha dado Dios. 94 años son una dicha, son fruto del amor de Dios. Cada año, cada minuto es un signo del amor de Dios. Desde antes de nacer, antes de estar y vivir en el seno de mi madre, Dios me ha acompañado cada minuto. El amor es la causa de todo. El hilo con que Dios ha tejido la casulla de mi sacerdocio, ya que mi vida entera es sacerdocio; el hilo es el amor.

Ahora, solo ahora, estoy en capacidad de confesar lo mucho que ha hecho Dios por mí.
Bendita vejez que me hace gustar el amor de Dios. El sol se pone, y este fenómeno lo vemos con naturalidad. Mi vida también se ‘pone’, declina y desaparece, en paz. Así debo serlo yo: declinar y desaparecer en las manos de Dios. Dejar a Dios ser Dios. Dios lo llena todo. Dejemos que él sea todo un todo. Mi Dios y mi todo.

La vejez es fruto maduro. Cae por su propio peso: declina porque le llegó la hora, la hora de dar gloria a Dios, la hora de agradecer los infinitos dones de Dios. Soy obra de su amor. Es la mejor oportunidad para agradecerle y bendecirlo: Mi Dios y mi todo. Termino y caigo como cosa natural. Terminar, caer y desaparecer. Solo Dios es necesario. Yo desaparezco. ¡Dios sea bendito! Solo él es necesario, que viva eternamente la vida de Dios.

Miro con esperanza el destino que me tiene preparado: vivir eternamente alabando a Dios. Ser para siempre feliz.

Disfrutar del sol perenne que no conoce ocaso. Vivir de él y para él. Sol ardiente, iluminador, y que además alegra.

La puesta del sol es una lección diaria para el anciano. Aprender a desaparecer con paz, con gratitud, con amor. Saber declinar sin escándalo, sin bulla, sin dolor. Hay que reconocerle a Dios el derecho de ser Dios. Adorarlo. Amarlo.

Este sol siempre ilumina, calienta, arde, posee las propiedades de Dios. Ese sol no conoce ocaso: es Dios que siempre es, que siempre vive para amarnos, sostenernos y bendecirnos.

Vivir largos y fructuosos años en su presencia amorosa y fecunda. Vivir más allá de los 90 años es un don singular del amor de Dios.

He sido un afortunado. La vejez, bien vivida, es un gran don de Dios. Yo amo mi vejez. La vivo a ciencia y conciencia. Soy un anciano pleno y feliz. No me asustan los años; no me asusta la vejez. Me siento cada día más cerca de Dios.

No me asusta el pensar que cada día puede ser el último, el más cercano al rostro del Señor. La Muerte, tal como Jesús la vivió, como el paso de este mundo a los brazos del Padre, es un regalo de Dios.

¡Que viva este Sol que no conoce ocaso!

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