Treinta años de una elección

Treinta años de una elección

Avances por la carta del 91 no impiden reflexionar sobre el proceso ni sobre lo ocurrido en 30 años.

09 de diciembre 2020 , 12:01 a. m.

Hoy hace 30 años se produjo la tan atípica como curiosa y decisiva elección de los 70 colombianos (nuevos y viejos actores políticos) que redactaron la Constitución vigente. Y ese 9 de diciembre, el Ejército bombardeaba Casa Verde, refugio de las Farc en el Meta.

Por eso hoy, a modo de abrebocas del debate académico y político a propósito de los 30 años de la nueva Carta, y sobre todo para los jóvenes que no vivieron esa época, quiero mencionar unos pocos de los mitos y realidades de la Constituyente.

La década de los 80 fue marcada por el narcoterrorismo a que sometieron al país los barones de la droga en su lucha contra la extradición. Literalmente, lo ensangrentaron: bombas como la del DAS; la explosión del avión de Avianca; actos terroristas, sobre todo en Bogotá y Medellín; asesinato de magistrados, dos ministros de Justicia, el Procurador General, los candidatos presidenciales de Jaime Pardo, Jaramillo, Galán y muchos jueces, y periodistas como don Guillermo Cano.

El asesinato de Galán en cierto modo llevó a estudiantes universitarios a plantear la reforma de la carta del 86, vía séptima papeleta, como una salida a la ola de barbarie. Pronto, curtidos políticos se subieron al bus. Y recuérdese que desde 1988, una reforma impulsada por Barco había logrado aprobar un texto con más del 80 % de lo aprobado en el 91, como la creación de la Fiscalía, el Consejo de la Judicatura y la Corte Constitucional; la doble vuelta para la elección presidencial, la pérdida de investidura para congresistas y la tutela.

Lo que pocos saben es que Barco prefirió hundir la reforma antes que ceder a los narcos, cuando en 1989 le introdujeron un mico para someter a referendo la extradición. ¡Ironía grande!: cuanto no lograron con el narcoterrorismo, lo obtuvieron en la Constituyente.

Con solo leer a Gabo en Noticia de un secuestro se corrobora que Pablo Escobar se “entregó” –en La Catedral, manejada por él– antes de aprobarse el texto definitivo del artículo 35 de la carta, que prohibía la extradición. Tamaña contradicción aún no tiene explicación válida para los colombianos. Es, digamos, el pecado original de la Constituyente. Tantas muertes inútiles, incluida la de Galán, que desencadenó el proceso constituyente. Claro que la situación era desesperada. Pero no a causa de la Constitución, sino, como hoy, por no aplicar algunas de sus disposiciones.

Se acudió a un extraño mecanismo según el cual se utilizó el estado de sitio con el implícito argumento de que la propia Constitución era la causa de la perturbación del orden público. Y es cierto que en el pasado hubo procesos de imposición extraconstitucional. Pero fueron el producto de revoluciones como la de 1861, que llevó a la Constitución del 63, o la de 1885, que condujo a la del 86. No era la situación en 1990.

La utilización del estado de sitio –la institución más odiada de la carta de Núñez y Caro que quedaba en pie– para cambiar la Constitución, fue refrendada por dividida decisión de la Corte Suprema de Justicia el 24 de mayo de 1990. Cuando el presidente de la época tuvo conocimiento de que la Sala Constitucional de la Corte no autorizaba el procedimiento extraconstitucional, habló en la televisión para decirle a la Corte que 26 magistrados, por importantes que fueran, no podían ir contra la voluntad de millones de colombianos. En los archivos de prensa debe de estar la declaración del presidente de la Corte, quien para justificar el fallo dijo que el Eln había declarado que si había Constituyente, firmarían la Paz. Aún la esperamos.

En la integración de la Constituyente solo participó el 30 % del censo electoral, la más baja en la historia de Colombia, llevándose de calle una norma del plebiscito aprobada en 1957 por más del 70 % del censo, y revocando, con 3 millones de votos, un Congreso elegido por 8 millones.

Algunos de los avances por la carta del 91 no impiden reflexiones sobre el proceso, ni sobre lo ocurrido en estos 30 años. Ni la pregunta sobre si ahora tenemos mejor Congreso, mejor Ejecutivo o mejor Poder Judicial. O lo más dramático: un país menos corrupto o menos violento.

ALFONSO GÓMEZ MÉNDEZ

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