Paliza a un setentón

Paliza a un setentón

Esta acción pone al descubierto otra llaga de la sociedad: la insolidaridad con los más vulnerables.

27 de mayo 2020 , 09:16 a.m.

Más que justificada la general indignación ciudadana ante el video en el que se ve a desalmados patrulleros de la Policía de Bogotá dándole tremenda golpiza a un setentón que comparte esa actual ‘desgracia’ con el papa Francisco, Trump, Biden, Bernie Sanders, Vargas Llosa, el expresidente Mujica, algunos congresistas y altos funcionarios del gobierno Duque y, si viviera, hasta con Churchill, que a esa edad, como primer ministro inglés, derrotó el nazismo y salvó a la humanidad durante la Segunda Guerra Mundial.

El ofendido, Néstor Novoa, humilde habitante del sur, barrio La Fragüita, y vendedor ambulante que por razones de supervivencia desafió la orden de no salir a la calle, donde se gana la vida. El 20 de mayo estaba en el céntrico San Victorino ofreciendo dulces y golosinas, actividad con la que apenas logra ‘sobrevivir’ hace 40 años. Soportó la humillación sin otra reacción que pedir auxilio, contrastante con la de los encopetados que frente a actuaciones lícitas de la Fuerza Pública reaccionan groseros, altaneros y agresivos.

Novoa fue brutalmente golpeado y esposado, algo que casi nunca ocurre con los delincuentes de cuello blanco. Es cierto que estaba infringiendo la norma que manda a los mayores de 70 años abstenerse de salir. Pero lo hizo en “estado de necesidad”, ya que no teniendo ninguna otra entrada económica distinta, cumplir con el obligado encierro lo ponía ante la alternativa de morir de hambre. Que, por lo demás, puede ser el caso no solo de muchos adultos mayores, sino de tantos colombianos que de la noche a la mañana se quedaron sin ingreso alguno, aun cuando el Estado y aun sectores sociales han tratado de hacerles menos gravosa la situación repartiéndoles mercados.

El hecho mostró también la bondad de nuestras gentes más humildes y necesitadas: este ‘adulto mayor’, ‘anciano’, o como se le quiera llamar, preguntado sobre la conducta de los patrulleros que de manera tan inmisericorde lo agredieron, lo único que pidió fue que no los fueran a sancionar ni a ‘echar’ de la Policía, pues se quedarían sin trabajo, cosa que ellos no pensaron cuando lo golpearon por estar trabajando por justificada necesidad y en contra de normas que no todo el mundo puede cumplir.

Probablemente, aun en medio de su condición, pensó que los patrulleros son también gente del pueblo que necesita trabajar para sí mismos y sus familias.

De este episodio hay que destacar igualmente la actitud del mando institucional de la Policía Nacional. No negó ni exculpó el hecho. El general Gómez Heredia, comandante de la Metropolitana, puso la cara y anunció la pertinente investigación interna y los correctivos inmediatos, con lo cual les recuerda a sus subalternos que una de las misiones que resalta el himno de la Policía estriba en defender los derechos del hombre.

Pero, si faltaran pruebas, esta bochornosa acción pone al descubierto otra llaga de nuestra sociedad: la insolidaridad con personas vulnerables, como niños y ancianos. Un país con inmensos recursos naturales, que genera a menudo incalculables fortunas, con una Constitución abarrotada de derechos –entre otros, a una vida digna, a la vivienda, al trabajo– y que desde 1936 le permite al Estado intervenir en la producción, distribución y consumo de la riqueza, no puede sostener un sistema en el cual las personas mayores deben saltar matones para tener la mínima subsistencia, como en el caso del señor Novoa.

No son suficientes los programas asistencialistas, indispensables en determinadas coyunturas. El sistema económico en su conjunto tiene que generar bienestar para los ciudadanos. Para que en verdad expresiones como ‘democracia’ o ‘inclusión’ no sean palabras huecas, basta con que se cumpla –y más en épocas de pandemia como la que está desnudando todas las falencias de nuestro sistema social– el viejo lema de la Revolución francesa de 1789: ‘Libertad, igualdad, fraternidad’.

Por último, solo bastaría agregar que la urgente necesidad de combatir este flagelo no puede ser un pretexto para cometer atropellos o abusos de autoridad ni para someter las libertades individuales a innecesarias limitaciones.

Alfonso Gómez Méndez

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