Las pestes y Estado moderno

Las pestes y Estado moderno

En algunas áreas el Estado no está hoy tan organizado, empezando por el sistema de salud.

24 de marzo 2020 , 07:24 p.m.

Entre los muchos artículos y ensayos aparecidos en estos días a propósito del obligado tema de la pandemia del coronavirus, destaco tres, que lo abordan desde la perspectiva histórica:

El joven y ya consagrado historiador Juan Esteban Constaín, con el título de 'Una vieja historia', recrea todas las pestes, epidemias y pandemias padecidas por la humanidad.

María Jimena Duzán nos permitió conocer el trabajo de pregrado como filósofa de la Universidad de los Andes de su joven hija Matilde Acevedo sobre Tucídides, quien, en 'Historia de la guerra del Peloponeso', en el año 431 a. de C., describe los horrores de la peste –sin omitir detalle– de la cual él mismo fue víctima y sobreviviente, y que en términos de Gabo pudo “vivir para contarlo”·

Y la entrevista de Cecilia Orozco en 'El Espectador' (22 de marzo) con el profesor Jorge Orlando Melo, quien, además de rememorarlas, manda un mensaje optimista: que tras esta hecatombe las ciudades seguirán, con otros hábitos y costumbres, y la especie humana perdurará.

Me interesó mucho la que se podría llamar ‘Teoría política’, que explica el investigador payanés Constaín luego de reseñar las pestes sufridas por la humanidad a partir de la “muerte negra”, “una de (cuyas) grandes consecuencias (…) fue la evolución y el desarrollo del Estado moderno: el Estado fuerte, central y capaz de imponer la cuarentena. Es una idea de Michel Foucault, en parte, que estamos viendo en estos días y dentro de una deriva inesperada, y es que tras décadas del desmonte insolidario del Estado, ante un cataclismo así, la gente lo reclama y confía en su acción virtuosa para salvarse…”.

Es cierto que Colombia tiene en la Constitución una sólida estructura jurídica que le permite al Estado resolver situaciones excepcionales y aun catastróficas como estas. Y que desde la Carta de 1886 existen las facultades extraordinarias como el estado de sitio, complementado desde 1991 con la figura de la emergencia económica y social.

Si bien no es la primera vez, presidentes, alcaldes y gobernadores han podido decretar toque de queda generalizado –figura desconocida hasta en la Violencia– simplemente aplicando las normas vigentes. A pesar de la protesta inicial, era claro que el Presidente podía –y puede– manejar el orden público con instrucciones que deben acatar gobernadores y alcaldes pese a la descentralización política.

Pero en otras áreas tal vez el Estado no está hoy tan organizado, empezando por el sistema de salud, con graves fallas al parecer reflejadas en el caso del taxista muerto en Cartagena. Y probablemente no lo está para hacer cumplir las sanas medidas dictadas para proteger a los más necesitados.

¿Tenemos la estructura de distribución para llevarle a cada niño la ración alimentaria que recibía en el centro educativo a donde ya no puede asistir? ¿O un censo de habitantes de la calle para ayudarlos? ¿Y otro de los trabajadores informales que solo encuentran sustento en una calle que hoy no pueden transitar? ¿Se sabe dónde viven y cuál es su núcleo familiar para llevarles comida?

Gracias a la solidaridad que comienza a expresarse, probablemente, no tendremos revuelta social de los desprotegidos que desesperados salgan a saquear supermercados y tiendas. Claro que, a situaciones excepcionales, corresponde tomar medidas extraordinarias como hizo la Ministra de Justicia en el tema carcelario. Ojalá no comiencen a criticarla por haber “soltado” delincuentes.

Parte de la institucionalidad radica en que en el Estado cada quien haga lo suyo dentro de sus competencias.

No está bien ‘quemar pantalla’ por causa de una tragedia de esta magnitud. Por eso, la mejor salida para evitar la desinstitucionalización y el cruce de cables entre servidores públicos ha sido nombrar un gerente de la trayectoria de Luis Guillermo Plata para dirigir todo el operativo de prevención, atención, información y solución de la crisis.

Es el momento de ver en la televisión de manera prioritaria a técnicos –médicos, salubristas, epidemiólogos– explicando lo que pasa y no únicamente políticos en trance de figuración.

Alfonso Gómez Méndez

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