Hace 70 años: ruptura institucional

Hace 70 años: ruptura institucional

No se saldrá de esta espiral violenta mientras no asumamos nuestra realidad.

12 de noviembre 2019 , 07:00 p.m.

Al cumplirse, el pasado día 9, 70 años de que Ospina Pérez cerrara el Congreso, son útiles algunas reflexiones sobre hechos de la vida nacional ocurridos en la segunda mitad del siglo XX y cuyas consecuencias aún vivimos.

A fines de los años 40 se había intensificado la violencia liberal-conservadora, con los horrores descritos en La violencia en Colombia –magistral obra de monseñor Guzmán, Fals Borda y Umaña Luna–, que muestra a todos lo que fue esa violencia fratricida con sus inconcebibles desmanes, hasta involucrar a menores como víctimas o victimarios.

El asesinato de Gaitán en abril del 48, origen del Bogotazo, incrementó tan absurda situación. Ni Bogotá –de tranvía, elegantes formas cachacas y cafés donde se discutía de política– ni el país fueron después los mismos. En el 49, en pleno abaleo en el recinto de la Cámara fue asesinado el parlamentario Gustavo Jiménez, y luego, a consecuencia de los mismos hechos, murió el gran liberal Jorge Soto del Corral.
Entre tanto, en pueblos y veredas caían asesinados campesinos liberales o conservadores, por causas partidistas que ellos mismos no entendían. Y llegaron los desplazamientos, los despojos de tierras, la destrucción de las familias, el menosprecio por la vida.

Cuando el Partido Liberal, en la oposición, se disponía a hacerle un juicio político al presidente, ese tristemente célebre 9 de noviembre del 49 el jefe del Estado, argumentando que el funcionamiento del Congreso era incompatible con el mantenimiento del orden público, lo cerró. Ante el asesinato de Vicente Echandía, hermano del maestro Darío, candidato oficial del liberalismo para la elección de 1950, el partido decretó la abstención y fue elegido Laureano Gómez, candidato único por el conservatismo.

Si entre noviembre del 1949 y 1958 no hubo Congreso ni real separación de poderes, no sé por qué seguimos diciendo que Colombia ha sido siempre un Estado de derecho

Surgieron las guerrillas liberales de las que, en 1964, ante la división entre “limpios y comunes”, nacieron las Farc, hoy supérstites no obstante un proceso de paz con éxitos evidentes.

En septiembre del 52, como reacción policial por el asesinato de unos agentes en Rovira, Tolima, fueron incendiados El Espectador y EL TIEMPO y atacadas las casas de Lleras Restrepo y López Pumarejo, obligados al exilio.

Y, en medio de ese círculo infernal de violencia, el país recibió jubiloso el golpe militar de Rojas Pinilla –a quien un mes después del 13 de julio de 1953 homenajearon los dos partidos tradicionales–, ya que esa noche, en que continuó con la ruptura institucional, anunció: no más guerra ni más muertes entre los hijos de una misma Colombia.

Pronto desvió el camino y se produjeron la masacre de estudiantes en Bogotá, en junio del 54; la clausura de EL TIEMPO y El Espectador en el 55; la masacre del circo de toros en el 56. Se intensificó la violencia. Si bien expidió un decreto general de amnistía para quienes atacaban al establecimiento y para quienes se excedían en su defensa, muchos de los firmantes de la paz, como Guadalupe Salcedo –líder de las guerrillas liberales del Llano que entregó las armas al general Duarte Blum–, terminaron asesinados a mansalva, como ha ocurrido hoy con más de 100 guerrilleros desmovilizados de las Farc y como sucedió también con Carlos Pizarro, tras firmar la paz en el gobierno Barco.

Para acabar la violencia liberal-conservadora nos inventamos el Frente Nacional, que puso en remojo la democracia con figuras como la paridad o la alternación. Se satanizó la oposición, se desdibujaron los partidos; florecieron el clientelismo y su hermana gemela, la corrupción.

Si entre noviembre del 1949 y 1958 no hubo Congreso ni real separación de poderes, no sé por qué seguimos diciendo que Colombia ha sido siempre un Estado de derecho. No se saldrá de esta espiral violenta mientras no asumamos nuestra realidad. De nada sirve seguirla maquillando, confundir democracia con elecciones o estigmatizar a la oposición.

* * * *

La muerte de Eduardo Suescún Monroy, exministro, jurista ejemplar y demócrata por convicción y desempeño, priva a la sociedad colombiana de un ciudadano ejemplar cuya memoria guardaremos con respeto, admiración y gratitud.

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