Gustavo de Greiff, primer fiscal general

Gustavo de Greiff, primer fiscal general

Colombia entra en mora de hacerle merecido homenaje a la memoria de este paradigmático ciudadano.

25 de julio 2018 , 12:00 a.m.

Entre los innegables aciertos de la Constitución de 1991 en materia de justicia estuvo la creación de la Fiscalía General de la Nación, varias veces propuesta e incluso adoptada en la reforma Turbay de 1979, que la Corte Suprema declaró inexequible por vicios de trámite en su formación.

Le correspondió “estrenar” esa figura y armar todo el andamiaje –sentando las bases de la entidad a partir de cero para colocarla muy pronto en primera línea de la agenda pública– a un aplomado jurista, talvez desconocido para las mayorías ciudadanas, pero ampliamente apreciado en el mundo jurídico: Gustavo de Greiff Restrepo, cuya partida definitiva lamenta hoy el país.

Tuve el honor de conocerlo y de contar con su amistad y consejo. De figura bonachona y amable, en aquella ocasión hizo parte de una terna conservadora (integrada además por el académico Guillermo Salah y el curtido político Hugo Escobar), pero el país nunca percibió en él militancia partidista alguna. Fue, sí, ante todo, un liberal en sentido filosófico, de mente abierta, sin sectarismo de ninguna clase, defensor aguerrido del Estado de derecho y de las libertades públicas.

Fungió como primer fiscal general de la nación precedido de merecido prestigio en la academia y en el ejercicio profesional. Varias generaciones de abogados disfrutaron de sus profundas enseñanzas por una razón sencilla: porque fue un jurista de verdad, lo cual le mereció también la rectoría del Colegio Mayor del Rosario, su alma mater, honrosa posición ya ocupada por ilustres filósofos como monseñores Carrasquilla y Castro Silva, y juristas como Antonio Rocha y Carlos Holguín. Amplia huella dejó asimismo en el Consejo de Estado.

Fue, sí, ante todo, un liberal en sentido filosófico, de mente abierta, sin sectarismo de ninguna clase, defensor aguerrido del Estado de derecho y de las libertades públicas.

Su formación humanística y su vasta cultura se notaban en todas sus intervenciones públicas. Ponderado y digno en el ejercicio del poder judicial, mereció la confianza pública tan pronto asumió la Fiscalía, desde donde afrontó con valor la lucha contra los carteles de la droga y la delincuencia organizada.

Su regia personalidad chocó muchas veces con los poderes establecidos, incluido el Ejecutivo. Cometió el “pecado” de solicitar el cambio de estrategia –pidiendo pasar por la legalización– para enfrentar ese flagelo. No era fácil que lo entendieran. Por eso se convirtió en personaje incómodo, haciendo sí notar su independencia como fiscal. Lo irónico es que varios exjefes de Estado de América Latina, años después, pidieron el mismo replanteamiento en la lucha contra las drogas, sin descartar la legalización.

Generó además otros resquemores en el todopoderoso Ejecutivo. Fue quien puso al descubierto todas las vagabunderías ocurridas en la “cárcel” que le habían construido al capo Pablo Escobar, en sus terrenos, “vigilada” por sus secuaces y destinada como lugar de ejecución y ajuste de cuentas con sus antiguos compañeros en el crimen, todo lo cual, al parecer, permanecía oculto.

Tal vez por el fastidio que le causaba al Gobierno, este le solicitó a la Corte Suprema de entonces que no le permitiera terminar el periodo –aún le faltaban 18 meses– alegando que ya había cumplido 65 años y esa era la edad de retiro forzoso. Lo sacaron de la Fiscalía de manera ilegal, pues años después el Consejo de Estado dictaminó –como ya lo había hecho la Corte Constitucional– que el retiro forzoso no se aplicaba a las instituciones nacidas de la Carta del 91, como la Fiscalía. Y eso se sabía. El fiscal De Greiff, en gesto que lo enaltece ante la historia, jamás quiso formular reclamación económica alguna por lo que evidentemente había sido un atropello, abuso que, por cierto, inició el desbarajuste de los periodos del fiscal.

Ya como embajador en México, o en el retiro apacible de su hogar, como conferencista, ensayista, profesor y columnista, nunca dejó de pensar en los problemas del país. Colombia entra ahora en mora de hacerle merecido homenaje a la memoria de este paradigmático ciudadano, honra del derecho, la justicia y la academia.

ALFONSO GÓMEZ MÉNDEZ

Columnistas

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