El Congreso y la pandemia

El Congreso y la pandemia

Si no se opta por espacios físicos adecuados, hay que acostumbrarse a los debates vía internet.

31 de marzo 2020 , 07:00 p.m.

El comienzo de la ‘era coronavirus’ coincidió con lo que iba a ser el inicio de las sesiones del Congreso, a desarrollarse entre el 16 de marzo y el 20 de junio. Todo estaba listo. Ya estaba barrido el Congreso en sentido físico. Gobierno y parlamentarios habían anunciado sus prioridades en materia legislativa y, obvio, de reformas constitucionales. La oposición se disponía a ‘lucirse’ con el anunciado debate sobre la llamada ‘Ñeñepolítica’.

Los congresistas viajeros habían superado el jet lag y estaban prestos a reanudar actividades político-parlamentarias. No sabemos, eso sí, cuándo habían estado en zonas de riesgo como China, España, Italia, Alemania o Estados Unidos.

Todo cambió cuando, con razón y oportunamente, el presidente Duque prohibió las reuniones de más de 50 personas y en seguida anunció la cuarentena. Y en el Parlamento, cuando se reúne sin ausentismo justificado por enfermedad, tenemos 170 representantes y 108 senadores.

Prudentemente, el presidente del Congreso aplazó el comienzo de las sesiones alegando que el “hacinamiento” en la corporación –no tan serio como el de las cárceles– podía poner en grave riesgo la salud de los padres y madres de la patria.

Además, con la razonable medida del jefe de Estado de impedir su salida a la calle, para proteger a los abuelitos –automático título para los mayores de 70–, evitaría que asistieran a las sesiones el senador y precandidato Robledo, el “decano” de la Cámara y gran parlamentario Germán Navas Talero, el expresidente del Congreso ‘Fincho’ Cepeda y otros.

En nuestra historia, muchas veces el Congreso no pudo reunirse por razones políticas o de orden público. La última de ellas, en 1949, cuando Ospina Pérez lo cerró para impedir que el liberalismo le hiciera un juicio político sobre los episodios de la Violencia.

Por eso, casi siempre en la Constitución ha existido la norma del hoy vigente artículo 140: “Las cámaras podrán, por acuerdo entre ellas, trasladar su sede a otro lugar y, en caso de perturbación del orden público, podrán reunirse en el sitio que designe el presidente del Senado”. Obvio que cuando se redactó esa norma, concebida para evitar los abusos del Ejecutivo, no había internet.

Bastaba una interpretación teleológica de esta disposición para entender que en el siglo XXI, aparte de los sitios geográficos, también existe el ‘sitio’ en la web. Y eso lo hubiera podido decidir el senador Lidio García, quien, sin embargo, para cuidarse en salud de leguleyadas posteriores, le pidió al Presidente de la República autorizar por decreto las sesiones vía internet, como desde algún tiempo atrás lo hacen otras ramas del poder, principalmente la judicial.

Por eso, el jefe del Estado expidió el Decreto 491 dentro de la emergencia económica, social y ecológica del articulo 215 ampliamente justificada por la situación sanitaria que vive el país.

Era claro que el Congreso –al igual que las otras ramas– no podía dejar de funcionar en medio de semejante crisis que vivimos. Internet –con decreto de emergencia o sin este– es una solución. Pero podrían buscarse otras, como escoger espacios físicos donde los congresistas no sufran el mismo hacinamiento de los presos: por ejemplo, el Centro de Convenciones o el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo. Bastaría con acomodar a saludable distancia los pupitres.

Y es que el Congreso debe actuar, entre otras cosas, porque, según el artículo 215 de la Constitución, si no está reunido, el Gobierno debe convocarlo dentro de los 10 días siguientes al vencimiento de los 30 de que dispone para dictar los decretos de emergencia.

El Congreso debe ejercer el control político sobre ellos, y aun puede modificar, derogar o adicionar esos decretos durante el año siguiente a su expedición.

No puede haber estado de excepción sin control judicial ni político, este último ejercido por el Congreso. Por ahora, si no se opta por espacios físicos adecuados, mientras subsista la emergencia, tendremos que acostumbrarnos a los debates vía internet, con todo y sus dificultades.

Entonces, no habrá voto secreto ni tampoco, por fortuna, las populares ‘zambras parlamentarias’.

Alfonso Gómez Méndez

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