Don dinero en las campañas

Don dinero en las campañas

Para la pureza del sufragio bastaría con que el CNE controlara los gastos de campañas.

17 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

Como el sistema electoral colombiano es perfecto en la forma pero seriamente defectuoso en el fondo y en su aplicación, en esta época de elecciones regionales vuelven las denuncias de siempre: ríos de dinero en las campañas, utilización del poder para direccionar resultados, prevalencia de caciques, trasteo de votos, uso del dinero para comprar conciencias y para la ‘cosecha electoral’, ausencia de verdaderos partidos políticos, reparto de ‘avales’ a diestra y siniestra, como los miles entregados por ‘partidos’ carentes de identidad y representación.

En teoría, la Carta del 91 estableció una especie de Poder Electoral integrado por el Consejo Nacional Electoral (CNE) y la Registraduría Nacional del Estado Civil, que ya existía y en los últimos años ha ido ganando la confianza ciudadana por su eficacia y transparencia en la entrega de los datos electorales.

La integración del CNE con representantes de los partidos políticos ha generado que, a menudo, los ciudadanos –no siempre con razón– desconfíen de sus determinaciones, pues en estricto sentido no los consideran magistrados imparciales.

Su más importante función, o sea, garantizar que los partidos y movimientos no superen los topes fijados como gastos de campaña –principal fuente de corrupción del sistema político–, no la ha podido cumplir por falta de voluntad política y carencia de herramientas para detectarla. Bastaría con hacer seguimiento de esos gastos para comprobar, con una especie de policía electoral, que casi nunca lo que se declara como tales es cierto. O también para verificar y sancionar lo que ante la mirada impotente del CNE se ha convertido en una gran inversión: dar dinero a las campañas para después pedir y lograr, con total desvergüenza, contratos, canonjías y prebendas.
Al respecto, véase lo que tardíamente se conoce sobre financiación de las campañas presidenciales de 2010 y 2014 por multinacionales como Odebrecht o Pacific Rubiales.

Las denuncias en los medios caen al vacío y, por una especie de ‘pacto de silencio’ cuando hay pesos pesados involucrados, no pasan de menciones periodísticas que duran lo que dura una flor.

Una auténtica reforma política debería modificar a fondo el CNE –si se mantiene– en su integración e instrumentos requeridos para cumplir sus funciones.

Tampoco hay seguimiento de la concesión indiscriminada de ‘avales’, y nos comemos el cuento de que existen partidos que a veces solo son de opereta.

¿Por qué aceptar, digamos, que bajo siglas de partidos afros o indígenas se cobijen políticos tradicionales? ¿O que el mecanismo de las firmas se use por reconocidos militantes de partidos? ¿O para disfrazar la iniciación prematura de campañas cuyos gastos no se pueden controlar? Un poder electoral fuerte y legítimo pondría coto a esas distorsiones de la democracia. La Constitución y la ley contemplan sanciones –desde multas hasta suspensión de la personería jurídica– para partidos que avalen a candidatos que resulten inhabilitados o comprometidos en delitos. Entonces, ¿cómo entender que se denuncie a centenares de candidatos inhabilitados pero no se sancione a los partidos y movimientos que los avalaron?

La Ley 1884 de 2017 aumentó penas y creó nuevos delitos electorales, con prisión de 4 a 9 años para quienes se inscriban estando inhabilitados, o por firmar o prorrogar contratos para exigir votar por un candidato o partido, ‘ofrecer’ sufragios de un grupo de ciudadanos a cambio de dinero –venta de la cosecha electoral– para la financiación ilegal de campañas, que incluye a los gerentes y los propios candidatos, u omitan los aportes a campañas electorales y violen los topes o límites en las campañas.

Para la pureza del sufragio bastaría con que el CNE controlara los gastos de campañas y los fiscales y jueces llevaran a la cárcel –a tiempo– a quienes cometieran estos delitos. Como en todo, la norma está, solo falta quien se atreva a aplicarla.

Pero a lo mejor dentro de unos tres años escribiremos columnas como esta.

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