¿Despertar juvenil?

¿Despertar juvenil?

Este despertar debe encauzarse y no quedarse en expresiones de anarquía o movimientos pasajeros.

26 de noviembre 2019 , 08:09 p.m.

Con razón, los recientes hechos están generando múltiples análisis de nuestra preocupante realidad. Si bien tomarse las calles para protestar es hoy un fenómeno de ocurrencia casi universal, la diferencia con cuanto aquí sucede es que nadie tiene noción clara de qué se pretende con las movilizaciones, aparte de expresar general descontento contra ‘el Gobierno’, la clase política y el establecimiento.

Antes, las marchas se referían a temas muy puntuales, en especial de orden laboral. Otras han tenido objetivos específicos, como la del silencio, de Gaitán en 1948, que pedía poner fin a la violencia contra el liberalismo; o la del 10 de mayo de 1957, para celebrar la caída de Rojas Pinilla. Los paros agrarios a menudo buscaban mejorar las condiciones de nuestros campesinos; y las marchas cocaleras, frenar al Estado en la represión de los cultivos ilícitos dentro de la política contra el narcotráfico. Los indígenas han marchado y protestado por reivindicaciones ancestrales sobre tierras y reconocimiento cultural. Desde 1929, los estudiantes reclaman mejores condiciones educativas, o contra abusos de las dictaduras, como en junio de 1954.

Esta vez hay de todo, más el descontento por un supuesto desconocimiento de los acuerdos de paz, por poner fin a la violencia contra los líderes y hasta por reformas aún no presentadas. Esa avalancha también se llevó de arrastre a los partidos tradicionales, sin incidencia alguna en su organización ni desarrollo. Por eso está bien que el Presidente llame a conversar a tan disímiles y nutridas fuerzas –como sindicatos, estudiantes, obreros, campesinos e indígenas–, en un diálogo que deberá ser crucial en la forma y el fondo para que no se repitan fórmulas ya fracasadas en el pasado.

Los ciudadanos pueden expresarse políticamente de muchas formas. Una de ellas
–escasa entre nosotros– es reclamar desde las calles atención a múltiples urgencias del acontecer social y político

Pero lo que a mi juicio merece destacarse es la participación masiva de los jóvenes, ya advertida en las elecciones regionales del 27 de octubre. La intervención en política no puede reducirse solo al tema electoral, ni para confundir democracia con elecciones. Los ciudadanos pueden expresarse políticamente de muchas formas. Una de ellas –escasa entre nosotros– es reclamar desde las calles atención a múltiples urgencias del acontecer social y político.

En esencia, la protesta pacífica es legítima y debe ser protegida por las autoridades, que solo pueden intervenir para evitar desafueros contra la ciudadanía. Por eso es muy triste lo ocurrido con Dilan Cruz, joven bachiller que marchaba, como muchos, ante la falta de oportunidades para estudiar y cumplir sus sueños. Con estos excesos –y con los abusos cometidos por turbas contra los patrulleros– no puede haber contemplación ninguna.

En otras épocas de nuestra historia, los jóvenes fueron ‘jalonadores’ de grandes episodios, comenzando por los héroes de la independencia, muchos de los cuales cambiaron los libros por las armas para defender la libertad. El terror del Pacificador Morillo acabó con una brillante generación joven. En las guerras civiles del siglo XIX –y en la violencia reciente–, las principales víctimas de ambos lados fueron jóvenes. Con la Revolución en Marcha, de López Pumarejo, muchas “audacias menores de 30 años” asumieron las riendas del país. En el Frente Nacional hubo un receso en la participación política juvenil por el marasmo que produjeron la paridad y la alternación. En la década del 60, esa rebeldía juvenil fue mal encauzada, y muchos jóvenes promisorios terminaron en movimientos guerrilleros o murieron allí –como Jaime Arenas y Camilo Torres–, justo cuando floreció el movimiento estudiantil con organizaciones fuertes como la Federación Universitaria Nacional. Después vino la apatía por la política al creer que todo lo relacionado con ella denota corrupción.

Los jóvenes optaron por la abstención, aunque desde 1975 la mayoría de edad se redujo a 18 años. Hoy, los menores de 30 años pueden elegir presidente. Este despertar de la juventud debe encauzarse, y no quedarse en expresiones de anarquía o movimientos pasajeros. Es hora de que se politice y exprese en partidos o ideologías con vocación de permanencia. Para volver a tomar las riendas de la nación, como en 1934.

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