Descabelladas propuestas

Descabelladas propuestas

La pandemia está reduciendo la vida humana. Pero la del Estado, imposible.

28 de abril 2020 , 07:07 p.m.

Esta pandemia puso patas arriba el mundo y a Colombia. Cambió la política nacional e internacional, la economía, las costumbres sociales y aun las relaciones familiares. En algunos temas puso al descubierto o bien las deficiencias del Estado, o –como lo señala en entrevista para este diario (domingo 26) el expresidente uruguayo y maestro de la vida, Pepe Mujica– la inconveniencia de haber “satanizado” el papel estatal en asuntos claves como la salud.

Pero, de otra parte, ha dado rienda suelta a toda clase de ideas y propuestas –muchas oportunistas o de ramplón populismo– lanzadas en procura de vitrina para sus autores. Muchos políticos han querido aprovechar la ocasión para mantener o adquirir vigencia cabalgando sobre el coronavirus.

Desde luego, hoy todo el mundo es experto en medicina, epidemiología, salud pública; y más de uno aspira a conseguir un prematuro grado como estadista. Aislados en nuestras casas, todos estamos sometidos a lo que digan los informes ‘científicos’: desde minimizar los efectos del covid-19 hasta asustarnos un día sí y otro, también con la ‘chorrera’ de muertos que no tendrán sepultura, y que supuestamente estaríamos enterrando en fosas comunes en los parques. El asistencialismo –inevitable en una situación como esta– ha servido para que alcaldes y gobernadores en trance de conseguir votos repartan los mercados colocándoles etiquetas con su nombre o logos políticos, o sus electores, como si hubieren sido comprados de su bolsillo.

En general, los programas asistencialistas aquí y en todas partes se prestan para su aprovechamiento político-electoral, y no faltan quienes, en medio de la angustia, tratan de mostrarse como salvadores con soluciones que suenan bien a gentes desesperadas que no tienen qué comer.

Para mostrarse ‘generosos’, algunos parlamentarios anuncian con bombos y platillos –más cámara o micrófono incluido– que donan la mitad de su sueldo para luchar contra el coronavirus, gesto que sería hasta noble si no fuera tan publicitado. Pero no sirve para nada ante la magnitud del problema. Lo mejor que pueden hacer los congresistas es cumplir con sus obligaciones, particularmente en el terreno del control político.

En medio de la confusión, a otro se le ocurrió volver al debate sobre el tamaño del Congreso planteando reducirlo a la mitad, para decir que el dinero ahorrado podría destinarse a comprar tapabocas, desinfectantes, jabones o respiradores. Ellos saben que esa idea –que nada tiene que ver con la actual discusión sobre la pandemia– requiere una reforma constitucional que no entraría en vigor antes de dos años, o sea, cuando ya –ojalá con la ayuda de verdaderos científicos– el coronavirus sea cosa del pasado.

El Congreso, antes que donar parcialmente el sueldo para comprar desinfectantes, debería empeñarse en la desinfección moral con el ejercicio implacable del control político.

Y por si algo faltara, otro ‘ingenioso’ político soltó la idea de pedirle al Presidente que “intervenga” el Congreso... ¿para cerrarlo? Por motivos distintos, pero con una idea igual de peregrina, en 1949 Ospina Pérez lo cerró –ocasionando una ruptura institucional por casi diez años– aduciendo que ¡el funcionamiento del Parlamento era incompatible con el mantenimiento del orden público!

Así, ahora se podría decir que el tratamiento de la crisis derivada del coronavirus es incompatible con el funcionamiento pleno del Congreso. Pero, por fortuna, la idea no tuvo ningún eco más allá de la figuración fugaz de su autor. Muy por el contrario, en situaciones de crisis –y esta es la más grave de todas– es cuando, como lo sugiere el expresidente uruguayo desde la cumbre de sus 84 años, se requiere el funcionamiento pleno del Estado.

El Poder Judicial no puede detenerse y debe ‘suspender’ la suspensión de términos. La Corte Constitucional seguramente estudiará con rigor toda la legislación de emergencia. Y el Congreso –aun cuando se lo critique– tiene que intensificar el control político, entre otras razones para ejercerlo frente a toda la legislación dictada al amparo del estado de excepción.

La pandemia está reduciendo la vida humana. Pero la del Estado, imposible.

Alfonso Gómez Méndez

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