Bicentenario

Bicentenario

No hemos podido independizarnos del “fetichismo normativo”.

06 de agosto 2019 , 07:53 p.m.

La celebración del bicentenario de la independencia nos permite reflexionar sobre hasta qué punto en estos doscientos años se han cumplido los sueños de los libertadores.

Es claro que pasamos de ser una colonia a una república independiente. Pero ¿hasta dónde? No obstante los innegables avances, la gran mayoría de las tareas están pendientes. Para comenzar, no hemos salido del todo de la influencia de reyes. Aún tenemos reinas de todo orden, incluidas la de la coca y del ‘cosquilleo’. También, el rey del contrabando, de la heroína, de la marihuana; y tenemos muchos reyes y reyezuelos de la política.

Y si queríamos salir de la monarquía, tampoco lo hemos conseguido, ya que a veces no parecemos una democracia sino una monarquía, pero sin sus pompas. Todo se hereda como en la monarquía: tierras, títulos, canonjías, puestos, presidencias, candidaturas, gobernaciones, alcaldías... En la época del MRL se decía que a Colombia la gobernaban veinticuatro familias. Hoy, el círculo se ha cerrado y unos cuantos apellidos se adueñaron de la política; tenemos varias castas que se suceden en el ejercicio del poder, que se lo pasan de padres a hijos, nietos, biznietos, hermanos, primos y demás parientes.

Superamos la guerra de independencia, pero seguimos aún en las guerras intestinas aunque no tenemos motivos raciales, religiosos o de integridad territorial para justificarlas

Una consideración en la que puede estar el origen de muchos de nuestros problemas actuales: mientras las antiguas colonias inglesas –básicamente, Estados Unidos de América–, una vez conseguida la independencia, se dedicaron a construir nación y a crear las condiciones para un gran desarrollo económico y social a partir de la igualdad de oportunidades, aquí nos dedicamos a hacer y deshacer constituciones y a ‘guerrear’ para imponer, cambiar, o sustituir una Constitución que muchas veces nadie entiende ni entenderá.

No hemos podido independizarnos de ese “fetichismo normativo”, y la gran mayoría de gobernantes, para nuestro infortunio, han pensado que gobernar es legislar y dejan pasar sus mandatos presentando proyectos para cambiar la Constitución o las leyes para aumentar la inflación legislativa.

Superamos la guerra de independencia, pero seguimos aún en las guerras intestinas aunque no tenemos –como en otras latitudes– motivos raciales, religiosos o de integridad territorial para justificarlas.

En los albores de la República, el Libertador Simón Bolívar estableció la pena de muerte para quienes, por la vía de la corrupción, se apropiaban de los recursos públicos. Ahí seguimos. Hoy, la lucha frontal contra la corrupción solo es usada como bandera política para explotar la justificada indignación ciudadana contra ese mal para cuyo combate tenemos ya toda clase de herramientas. Solo faltan la voluntad política, judicial y la intolerancia social frente a los corruptos.

Es verdad que varios años después de la independencia, en el gobierno liberal de José Hilario López, en mayo de 1851 –fecha escogida como símbolo de la afro colombianidad–, se expidió la ley que abolió la esclavitud. Pero millones de colombianos siguen siendo esclavos de la miseria, la exclusión, la falta de educación pública y de calidad, la falta de oportunidades y de la opresión de una clase social y política indolente, a veces tanto o más subyugante que las autoridades coloniales españolas.

En buena medida, lo que se conoció como la Patria Boba fue el resultado de una lucha entre federalistas y centralistas que, al lado de otros factores, facilitó la cruel reconquista española con el temible Pablo Morillo. Hoy no ha sido posible una descentralización política y administrativa real, y, a veces, para algunas regiones subsiste la férula del virreinato centralista.

Faltan muchas cosas para completar la independencia: liberarnos del yugo del fetichismo normativo, construir el Estado nación, desarrollar las regiones
, establecer una sociedad igualitaria fundada en el talento, la educación y la disciplina en el trabajo, y no en los ‘abolengos’ heredados, y deshacernos del vergonzoso título de ser uno de los países más desiguales del planeta.

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