Ante la partida de la Niña Ceci

Ante la partida de la Niña Ceci

Asumió las campañas en defensa de la infancia, los jóvenes y los desvalidos.

20 de agosto 2019 , 07:00 p.m.

En lo esencial, esta columna apareció en Portafolio el 6 de agosto de 2013, en el momento de cumplir ella cien años.

El treinta de septiembre llega a la cumbre de los cien años doña Cecilia Caballero de López, la Niña Ceci, una de las primeras damas que con mayor admiración aprecian los colombianos.

Soporte infranqueable del ‘compañero jefe’ Alfonso López Michelsen, conformaron un matrimonio, ese sí indisoluble, que arrancó en 1938 en la iglesia de Bojacá y solo vino a romperse con la muerte del expresidente, en julio del 2007.

Inteligente, culta, políglota (habla inglés, francés y alemán), se compenetró como pocas primeras damas con el alma nacional. Recorrió muchas veces el país, acompañando a su esposo en todas sus faenas políticas.

Durante el mandato de su esposo cumplió su papel de primera dama con tino, discreción, inteligencia, sin interferencias indebidas en el ejercicio del poder

Ella recuerda con especial devoción la etapa del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), durante la cual siguió a López por todas las regiones de Colombia, habituándose a comidas, costumbres y culturas de cada una de sus ciudades, pueblos y apartados rincones.

Conversar con ella es un verdadero deleite intelectual. Son muchas las fotos en las que aparece en los afiches de campaña, bien en las primeras etapas del MRL, o en las de 1974, cuando un López victorioso conquistó la Presidencia con una de las votaciones más altas en la historia del país, enarbolando las banderas del ‘mandato claro’.

Su belleza poco usual, su desbordante simpatía, su delicioso sentido del humor la convirtieron en la ideal compañera del político e intelectual que fue López Michelsen.

Los líderes liberales de las regiones y el país mismo no la conocían como la primera dama, sino como la Niña Ceci.

Durante el mandato de su esposo cumplió su papel de primera dama con tino, discreción, inteligencia, sin interferencias indebidas en el ejercicio del poder.

Nunca admitió ser vocera de intereses burocráticos frente al jefe del Estado. Siempre estaba a su lado, pero sin hacerse notar. Asumió las campañas en defensa de la infancia, los jóvenes y los desvalidos de la misma forma tesonera en que lo hizo antes en las fundaciones privadas que dirigió.

Ha tenido una gran sensibilidad social para defender esas causas. Fue soporte en todas las etapas de la vida del ‘gran jefe’, particularmente en los momentos en que este se encontraba, como solía decir, “en los peladeros de la oposición”, o en la derrota como candidato presidencial en 1982, cuando una división liberal facilitó el triunfo del candidato conservador Belisario Betancur.

El centenario de su nacimiento es, entonces, ocasión propicia para que toda Colombia vuelva a recordar con cariño a esta dama de singular valía, inscrita, por derecho propio, con el título cariñoso de la Niña Ceci, en la galería de las mujeres que han dado lustre y prestigio a toda la sociedad colombiana, sin distingos.

Al fin y al cabo, la vida de seres ejemplares como la de la Niña Ceci, no precisamente abundantes en los tiempos convulsionados que nos han correspondido a los colombianos durante los últimos años, aparte de su intrínseco valor, ha contribuido a determinar, casi siempre con precisión y fortuna, ese destino de bien andar y bienestar que la Nación ha pretendido lograr en un empeño que todavía continúa y que, como todos esperamos, habrá de hacerse realidad muy pronto.

* * * *

Después de lo dicho en la columna del centenario, vivió en Anapoima rodeada del amor de sus hijos y el respeto de siempre de todos los colombianos.

Paz en la tumba de esta dama admirable para quien los colombianos de toda condición tuvimos, y tendremos por los tiempos que vengan, enorme gratitud por sus ejecutorias sociales, reconocimiento por su vasta cultura y particulares recuerdos por su discreto y eficaz desempeño en procura de asistencia para los más necesitados.

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