Altibajos cubanos

Por un lado está la Cuba patrocinadora de grupos armados y por otro, la que colabora con Colombia.

16 de febrero 2021 , 09:25 p. m.

Este lunes se cumplieron 55 años de la muerte del sacerdote guerrillero Camilo Torres Restrepo, quien cayó en combate en San Vicente de Chucurí por la torpeza política del Eln de incorporarlo a sus filas.

Luego de su retiro del ejercicio sacerdotal se dedicó a recorrer el país –lo conocí siendo yo un estudiante en Chaparral– con su mensaje de corte gaitanista y con gran aceptación entre las clases populares. Torres fue un idealista que cometió el error de creer que la justicia social se podía lograr por las armas.

Esta conmemoración permite las reflexiones sobre las discusiones de estos días: Cuba y la guerrilla, las acciones terroristas del Eln, las conversaciones de paz y su ruptura y la solicitud de extradición de los jefes que estaban en La Habana negociando la paz con el gobierno anterior, conversaciones que fueron rotas por el actual, luego del horrible crimen contra 22 cadetes de la Escuela General Santander.

En los años sesenta, la Cuba de Fidel Castro impulsó y apoyó a los grupos guerrilleros que pretendían imponer a la fuerza un régimen comunista. Por muchos años sus militantes fueron adiestrados y resguardados en La Habana, lo que originó las varias rupturas de relaciones en los gobiernos de Alberto Lleras y Julio César Turbay.

Uno de los episodios más conocidos fue el del entrenamiento de los guerrilleros del M-19 al que, por cierto, se quiso vincular de manera amañada a Gabriel García Márquez. Esa es la cara de la Cuba patrocinadora de los grupos armados –Farc, Eln y M-19 principalmente– con todas sus acciones, incluidas las de naturaleza terrorista. La otra cara es la de la Cuba colaboradora con los gobiernos en Colombia, bien para la liberación de rehenes o para los procesos de paz.

La toma de la embajada dominicana en Bogotá pudo resolverse sin violencia, gracias a la pericia política de Turbay. En ese episodio los cubanos prestaron su país para que llegaran los guerrilleros con los rehenes que serían liberados. Entre ellos, el embajador de EE. UU. y el nuncio apostólico. El secuestro de Álvaro Gómez por el M-19 afortunadamente terminó en negociaciones del Gobierno con los secuestradores, con la ayuda de Fidel Castro.

Cuando un extraño grupo secuestró al hermano del expresidente César Gaviria, a solicitud del entonces secretario general de la OEA, en dos horas Fidel Castro envió a Bogotá a dos agentes de la Inteligencia cubana, quienes se trasladaron de inmediato a la cárcel Modelo y se entrevistaron con alias Bochica, y con la participación de los generales Serrano y Naranjo se logró la liberación del rehén.

Casi todos los procesos de paz desde la década del ochenta hasta hoy contaron con la colaboración cubana por solicitud del Gobierno colombiano. Durante el proceso del Caguán fueron muy conocidas las fotos de Castro con un sonriente presidente Pastrana que buscaba afanosamente la paz con las Farc. Tanto que hasta organizó una visita al exterior de jefes ‘farianos’, incluido ‘Raúl Reyes’. Sobra decir que para entonces ya habían cometido muchos actos terroristas. No se pedía capturarlos, sino acogerlos. Lo curioso es que después de la ruptura, el 20 de febrero de 2002, el mismo Gobierno le pidió a la Unión Europea que los incluyera, otra vez, en la lista de terroristas.

Hay que decir también que Pastrana acogió los protocolos de negociación, pues la noche de su finalización, por un acto terrorista, no le ordenó a la Fuerza Pública arrestarlos donde estaban concentrados en San Vicente, sino que les dio plazo de 48 horas, como estaba pactado, para que regresaran al monte. Ya para entonces, Fidel Castro había escrito un libro en que le decía a la guerrilla que debía abandonar la lucha armada, y lo involucraron en procesos de paz.

Todo el país apoyó a Duque cuando rompió el proceso con el Eln a raíz del acto terrorista de la General Santander. Por los desarrollos que ha tenido puede decirse que Cuba se ganó la ‘rifa del tigre’, pues la disyuntiva es desconocer los protocolos o ser acusado de apoyar el terrorismo. El dilema no es fácil, pero su solución requiere afinar las vías diplomáticas y no estimular declaraciones o actitudes que quiebren puentes de manera definitiva. Vale la pena leer la entrevista del embajador de Noruega.

Alfonso Gómez Méndez

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