Alan García, A. Latina y Odebrecht

Alan García, A. Latina y Odebrecht

Seguramente la historia determinará si participó o no en la corrupción de Odebrecht.

23 de abril 2019 , 07:00 p.m.

Aun para los más informados, fue del todo imprevisible el resultado en el Perú de las investigaciones, bastante aplaudidas, sobre la corrupción estimulada por Odebrecht en ese y en la mayoría de los países de la región, incluida Colombia.

El pasado miércoles 17 –el mismo día en que se conmemoraba el primer quinquenio de la muerte del genial García Márquez–, Alan García Pérez decidía suicidarse antes que aceptar el escarnio público de ser sometido a detención preventiva ordenada por un fiscal de su país. Como dijo Felipe Zuleta –periodista que conoce bien el Perú–, nadie sabe si tan fatídica determinación se dio por el peso de la culpa o como última protesta ante una injusticia judicial.

Nace en 1949, curiosamente el mismo año que su mentor, Víctor Raúl Haya de la Torre, entonces perseguido político, pide asilo, que le es concedido en la embajada de Colombia generando un largo pleito diplomático zanjado al sentar el principio de que el país asilante es el que califica el carácter político de la persecución. Aquí debe reconocerse que fue el mandatario conservador Ospina Pérez quien asumió la defensa del derecho de asilo y que, años después, otro copartidario suyo –Misael Pastrana– acogió a numerosos dirigentes políticos de la Unidad Popular perseguidos por la dictadura de Pinochet, luego del suicidio de Salvador Allende.

En el gobierno de Alberto Fujimori –elegido bajo la prédica anticorrupción–, García pidió asilo en Colombia, y le fue concedido por César Gaviria, en respeto a nuestra tradición en favor de tal medida. Por eso, si tuvieran memoria, muchos dirigentes colombianos se avergonzarían de cuanto entonces dijeron: ¡que nuestro país necesitaba un Fujimori! Y, claro, no olvidar que fue al final de su vida cuando, habiendo desempeñado por dos periodos la Presidencia del Perú, Uruguay le negó el asilo, en su momento otorgado por Colombia.

Alan García irrumpió como líder socialdemócrata en América, siendo elegido por el Apra –auténtico partido– a los 35 años. Con independencia de los errores básicamente económicos que cometió en su mandato, fue un dirigente carismático: elegante apariencia física, arrolladora personalidad, abogado con amplia formación humanística y elocuente orador.

Lo conocí durante el gobierno Barco cuando asistimos, con el propio jefe de Estado; su gran canciller, Julio Londoño, y también Jaime Paz Zamora, a la cumbre de Ica, en el Perú, sobre cómo los latinoamericanos debíamos afrontar el problema del narcotráfico.

De allí salió, a instancias de nuestro gobierno, la cumbre de Cartagena de febrero del 90, cuando, frente al presidente Bush –padre–, los países latinos plantearon la tesis de la corresponsabilidad, acogida por el mandatario americano gracias a la persistencia de Barco. Y también de Alan García: entonces surgió la iniciativa de las Américas, que significó preferencias arancelarias para los productos de los países comprometidos en la lucha contra la droga, de la que nos beneficiamos hasta el 2012.

Auténtico animal político, asimiló las derrotas y se recuperó, con mayor éxito, en la presidencia del 2006. Ya sabemos qué le pasó a su país con los outsiders que, con el engañoso discurso de la antipolítica y la anticorrupción, alcanzaron la presidencia: Fujimori, Ollanta, Toledo y el propio Pedro Pablo Kuczynski.

Seguramente la historia y, pese a su muerte, las propias investigaciones judiciales determinarán si participó o no en la corrupción de Odebrecht. Si bien hay que reconocer el avance de los fiscales peruanos, se precisa mucho cuidado para no combinar indagaciones con avalancha mediática: no siempre el derecho va del lado de la galería.

Desde la otra orilla, Colombia es un caso raro en la región: aquí, la inmunidad –no solo por razones jurídicas– es casi absoluta para quienes han ejercido el poder. Solo hubo presidentes procesados en el siglo XIX y en el XX, el muy curioso juicio a Rojas Pinilla, absuelto.

¿Será que el presidencialismo excesivo nos lleva al extremo de que los procesos contra antiguos jefes de Estado prosperan en todas partes, menos aquí? Buen tema para politólogos.

Columnistas

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