Un hombre sin pasado

Un hombre sin pasado

Libro vanguardista del reciente nobel, escrito hace 50 años y donde la gran metáfora es la soledad.

10 de enero 2020 , 08:21 p.m.

El miedo del portero al penalti (1970), de Peter Handke, me recordó a Meursault, el protagonista de El extranjero, aquel hombre apático, cínico, escéptico total, y a Bartleby de Melville, un sencillo empleado que prefigura el absurdo, la inacción, y que a todo responde “preferiría no hacerlo”.

Modelos de la modernidad, que reflejan la incomunicación del ser humano con el mundo. Joseph Bloch, más contemporáneo, es un mecánico que fue un famoso portero de fútbol y al cual conocemos desde el día en que lo despidieron de su trabajo. Un hombre sin pasado. ¿El porqué? No interesa a Handke.

A partir de ese día cero, Bloch ingresa en un viaje sin regreso. A la deriva, desahuciado de sí mismo. ¿A la libertad o a la disolución absoluta? Handke acude a un narrador omnisciente para relatar la falta de conciencia de Bloch: más solo que un muerto. Su vínculo con lo otro es a partir de referentes visuales y los sonidos que lo rodean. Sus relaciones humanas, parcas. No las necesita, aunque le atrae la voz de las personas: el eco, pero es indiferente a lo que dicen. La realidad es borrosa, efímera.

El único contacto con el pasado son unas evasivas conversaciones telefónicas con su exesposa. Asistimos a un presente vertiginoso y hermético. Y llega un día en que, sin explicación alguna, aprieta hasta el cansancio la garganta de una taquillera de cine luego de hacer el amor. ¿Un homicidio o un acto reflejo de su modorra metafísica?

Nuestro antihéroe tenía la extraña manía de saber el precio de las cosas, pero no almacenaba nada. Leía periódicos y hacía garabatos en sus bordes. En ocasiones percibía todo al mismo tiempo: siluetas, movimientos y formas. No veía los caminos, sino la espesura, lo impenetrable de las cosas. Una vez observó el cielo con tanta exactitud que le pareció un dibujo. Otra, la luz del amanecer y el orden de los objetos le dieron náuseas.

Es un texto vanguardista del reciente nobel, escrito hace 50 años y donde la gran metáfora es la soledad y la quietud, como cuando el portero, el más solitario de los jugadores, tiene la voluntad de no moverse y el delantero tira el penalti al centro del arco, a las manos del arquero. Handke define con perspicacia el talante de Bloch: “Parecía como si la totalidad de su conciencia fuera un punto ciego”, y nosotros, los testigos de una aventura delirante y silenciosa.

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