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Un feminicida impune

Un feminicida impune

A Ángel nunca lo apresaron, la ley falló por omisión o cobardía.

20 de agosto 2021 , 08:00 p. m.

Treinta años después del asesinato de su hermana Liliana, la escritora mexicana Cristina Rivera Garza desciende a los avernos y paraísos que conforman una vida, y realiza una pesquisa subterránea de los porqués de la tragedia.

Deducimos que era una maligna costra que sanaría la literatura, un tema tabú, aún no existía la condena de feminicidio, que la horma machista de la historia ponía en duda las razones; debió ser por coqueta o libertaria, como si eso mereciera lapidar la vida del otro… Liliana era de una inteligencia y sensibilidad exorbitantes. Alta, esbelta, el pelo lacio largo y unas gafas a lo John Lennon, una sonrisa tierna y enigmática.

El invencible verano de Liliana es la exploración de un misterio, pues a sus veinte años es prolífica en sueños y deseos –Liliana estudiaba arquitectura–; entonces Cristina, como una constructora, diseña una estructura nostálgica, a través de voces cercanas, de sus recuerdos juntas, de sus padres, señala con tono de réplica que no vieron señales de peligro.

Uno de sus amigos cuenta que Ángel, el verdugo, “era como un fantasma, una nube negra”, aparecía y desaparecía como un interrogante silencioso. Otra amiga advierte que un día llegó con un moretón en el rostro o con el brazo lastimado. En los escritos de Liliana, Ángel es un sol negro que ante una ruptura definitiva amenaza con suicidarse, un güero manipulador y chaparro, una incógnita malsana: “No sé cómo puedo enredarme con alguien si sé que Ángel sigue ahí… como un brujo maldito atosiga el espacio inhabitado de nuestra soledad”. A uno de sus “amores excluidos”, pues los pretendientes aleteaban en torno a la colmena, le dice premonitoriamente: “Nunca estaré contigo. Nunca perteneceré a alguien”.

Cristina, como una constructora, diseña una estructura nostálgica, a través de voces cercanas, de sus recuerdos juntas, de sus padres, señala con tono de réplica que no vieron señales de peligro.

Cristina asegura que su hermana lo había desterrado de su vida, que, según estudios, tres meses después de la separación real, el depredador actúa. Una madrugada entró a su vivienda y le puso un cojín en la cara y la mató por sofocación. A Ángel nunca lo apresaron, la ley falló por omisión o cobardía, es “el hombre impune”.

Un libro bello, desgarrador y sutil en el cual cada quien borda sus propios significados. Dos años antes del crimen, Liliana tiene un aborto, es de Ángel, lo hace a conciencia y con el dolor de la libertad: “No hay responsabilidad sagrada y atroz que la que nos obliga a ser nosotros mismos”.

ALFONSO CARVAJAL

(Lea todas las columnas de Alfonso Carvajal en EL TIEMPO, aquí)

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