Luces abismales

Luces abismales

Más que una historia es el relato de un presente.

05 de abril 2019 , 07:32 p.m.

El tiempo corre, o está detenido, hay que hacer algo: jugar y escribir, pensar. Escribir para perderse. Esto sentí al leer Somos luces abismales, de Carolina Sanín, un texto híbrido en el que la lúdica y la hondura en la palabra, la rearticulación etimológica, son una forma de enriquecer al arte literario, tan cercano a la reiteración paralizante.

A partir de una anécdota, la escritora construye un mundo redondo como una cabeza y plano como una meseta. Son relatos de autoficción, en los cuales el personaje es Carolina, una mujer, una niña, una maestra, que también se llama Satanín. La ficción está en el lenguaje, no en la trama. Más que una historia es el relato de un presente. Es la libertad de escribirnos: “Quiero ver al pie de la letra. Uno escribe para estar en varios lugares a la vez. O en dos”.

En El potro encontramos el origen del título: “Los animales nos hacemos visibles en el desamparo: somos luces abismales”. El desamparo es el tiempo que se disiente: “Yo estaba haciendo un día de campo entre semana porque acababa de salir a vacaciones” o “Me sentaba en las piedras a tratar de recordar que un día estaría bajo la tierra”. Somos lo que seremos.

El pesebre es un relato sobre la amistad y la muerte, de la amiga en el féretro cubierta por una niebla gris: “Ahora que no estás, estás más cerca del lugar que yo quiero escribir”. La partida siempre será un comienzo. El riesgo crea autonomía y diferencia. ¿Qué significa abandonada? Es una mujer “descalza. Con un vestidito blanco que se transparenta”.

Las alturas es un viaje por la naturaleza, ese tapiz de musgo, serpientes y la diosa Bachué, pero también un momento de Madame Bovary, un fragmento de Whitman o una epifanía del Dante, un ir a ninguna parte y a todas: “... Solo se puede ir hacia adelante por un camino insuficiente, único, sin que uno sepa si es la vida o la orilla de la vida”.

En el relato Nidos y tumbas, la espontaneidad tiende a ser una fórmula, tal vez por la cantidad de focos.

En Las Pléyades se desvela el misterio: ¿dónde está el lugar común? “¿Es un país, como el del sueño, o habitarlo –hablar en él- es como dormir sin sueños?”. Decir que el lenguaje es la materia prima de la literatura es un asunto de Perogrullo, pero en este libro, esta premisa se pronuncia, se enaltece. La imaginación que corroe las páginas está llena de abismos de luz.

Sal de la rutina

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