Garzón

Garzón

El hilo dramático del relato es la preparación y consumación del asesinato.

16 de agosto 2019 , 07:36 p.m.

No habré vivido en vano es la novela de Fernando González Santos sobre la compleja personalidad de Jaime Garzón Forero y que también abarca el sino trágico de Colombia. Ya el autor había participado en otros libros con Marisol Garzón sobre la polifacética vida del protagonista: abogado, humorista crítico, imitador de voces, periodista, espíritu solidario, pedagogo, alcalde y gestor de paz.

Gracias a la ficción, Garzón resucita veinte años después de su crimen en el páramo de Sumapaz, el páramo más grande del mundo, ubicado en las goteras remotas de Bogotá y que los conquistadores llamaron “el país de la niebla”, y desde el más allá, entre el color inolvidable de los frailejones, sigue dando lora con sus múltiples heterónimos; y el edificio Colombia ha cambiado de nombre, ahora se llama Nueva Granada. Esta operación literaria confirma que el inmolado Garzón sigue vivo en el imaginario colectivo.

Además de la composición fragmentaria, la novela nos sorprende por la unión de pasado y presente, que forma un solo tiempo, es decir, el flujo histórico del ahora: “Hoy es ayer y hoy es mañana”. Garzón no ha muerto, y, en una especie de tragicomedia, el escritor despliega sus piezas, que encajan en un panorama de ficción y realidad que sorprenden al lector. Los heterónimos de Garzón han continuado indemnes en el tiempo, y, por ejemplo, el embolador El de la calle es un desaparecido más en el país del Sagrado Corazón; la cocinera del doctor gordito, Dioselina, una desplazada sin nicho fijo; el recordado y soñador Lenin, que por el azar dialéctico de la vida se ha convertido al trotskismo, ha sido ultimado en un mitin en la Universidad Nacional. Y el gringo, el virrey de antaño, sigue ahí.

El hilo dramático del relato es la preparación y consumación del asesinato de Garzón, entre fuerzas oscuras y el “quebrando central”, donde Godofredo Caspa (ahora ‘Clínico Karma’) es el autor intelectual del asesinato de Garzón.

Esta parte, documentada con rigor, de falsos testigos, de horrendos positivos, de la dilación de la Fiscalía, es una crítica profunda a la impunidad que hoy todavía ronda el crimen de lesa humanidad de Garzón. Entre la imaginación y la cruda realidad, la esperanza no es vana, y todavía se escucha el rumor del trovador chiquito, y este sí de corazón grande: “Quiero morirme de manera singular, / quiero un adiós de carnaval”.

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