El transeúnte

El transeúnte

La última vez lo vi pensionado y feliz, se había liberado de las ataduras del trabajo nominal.

08 de diciembre 2017 , 11:38 p.m.

Conocí a Rogelio Echavarría en la redacción de EL TIEMPO. Vestía de gris, siempre de corbata; era tímido, más bien ensimismado, atento, de caminado lento, pero adentro latía una mirada irónica sobre el mundo. “Esta vida no es la vida”, repetía, y solo esperaba pensionarse como el coronel de García Márquez. Esa frase me recordaba una novela de Milan Kundera, ‘La vida está en otra parte’; entonces, ¿dónde está la vida?

Rogelio llevaba una doble existencia, la del periodista que espera el momento, la primicia pública, y la del poeta que va escribiendo su obra, en su caso, un solo libro, ‘El transeúnte’, que comenzó en 1964 y creyó terminar en el 2004, en el mayor de los silencios. Un tomo al que iba agregando poemas como parte de un corpus unitario y caótico.

Maduro desde joven, siguió ese tono íntimo hasta el último verso. Transitó lo inmediato y fue puliendo con dolor y arte lo trascendente. Pero, más allá de todo, era un escéptico. Lo celebró Aurelio Arturo cuando apareció la primera edición: “Es una de las formas de poesía más originales y audaces de nuestro tiempo”. José Manuel Arango dijo sobre su obra: “Quizá ninguno de nuestros poetas haya llevado la parquedad a tal límite”. Y recordó que era un hondo poeta de la muerte: “El poeta es un hombre que / vive y convive con la muerte”. La muerte no es el fin, ni un espectro abstracto, es un personaje real, forma parte del tramado individual: “Yo siempre duermo con mi única fiel compañera, / que me acaricia el rostro con sus manos de hollín”. La belleza lírica matiza el drama. Pero Rogelio era un ciudadano, un transeúnte: “Todas las calles que conozco son un largo monólogo mío...”, porque presentía “que todos luchan solos / por lo que buscan todos juntos”. El hermetismo en él fue una virtud, labrada; sobre el amor lanzó versos insondables: “Desde mi oscuridad veo todo tu cuerpo / y tú, que estás iluminada, no ves mis ojos, / ni siquiera mis ojos, ensombrecidos de luz tuya”.

La última vez lo vi pensionado y feliz, se había liberado de las ataduras del trabajo nominal, del síndrome del coronel; bebimos algunas copas, y estaba ilusionado con otros proyectos editoriales; el transeúnte siempre fue él; luego, la memoria se fue apagando, y hace unos días partió hacia la muerte, que “un día estará clara entre miradas concéntricas. ¡Que pase el día sobre el mundo como un pájaro!”.

ALFONSO CARVAJAL

Columnistas

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