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El poeta Jaramillo Escobar

El poeta Jaramillo Escobar

Nacido en Pueblorrico, Antioquia, rememora en la plaza de piedra de su infancia al férvido mediodía.

03 de octubre 2021 , 10:45 p. m.

La obra poética de Jaime Jaramillo Escobar está más allá del nadaísmo. Su amistad con Gonzalo Arango y Jotamario hizo parte de su educación sentimental. Tal vez este emparentamiento haya opacado la complejidad de su poesía. Jaramillo Escobar (alias X-504), un hombre íntimo, alejado de los rubores mediáticos, combinó la prosa poética con el verso, dándole a su tránsito creativo una sensación de extrema serenidad. Reflexivo y lírico, en sus inmersiones hallamos distintos matices como su veneración al idioma español y a la raza negra; una mirada entrañable a sus orígenes raizales, a sus remotas imágenes del río Cauca, y a la muerte; revestido de un coloquialismo profundo, no exento de humor y una pasmosa claridad.

Amante del español, no del retórico, sino del rítmico, el de una musicalidad intrínseca, escribió: “Morir en español es el deseo de los deseos, por la palabra adiós y la palabra gracias”. Nacido en Pueblorrico, Antioquia, rememora en la plaza de piedra de su infancia “al férvido mediodía”, que mueve las hojas de los mangos, “como agitadas por un céfiro repentino”. Fue crítico con un país al que consideró cicatero, donde el odio y la envidia manchan nuestras acciones, “siendo el principal motivo por el cual nos desangramos”. En ‘Aviso de moribundos’ anuncia que cuando ya hayamos partido de la Tierra, nos podremos jactar de no ser como el prójimo, “pues seréis únicos en vuestra inflada podredumbre”. Esa sabiduría elemental es una horma en toda su obra, lo irónico es un sustrato de lo trascendente. En ‘El camino extraviado’, después de narrar su amistad con una viejita campesina, luego de dejarla de ver un tiempo regresa, pero el destino es incierto y mutable: “... el camino ya no me reconocía, y se multiplicaba por los campos con la indiferencia de todos los caminos”.

Una veta que exploró fue la del libre albedrío, cierto aire de hedonismo delata sus intenciones; en ‘Apólogo del paraíso’ asevera que el edén es un asunto corpóreo, “para eso solo se requiere estar desnudos”. Mamá negra “era un trozo de cosa dura, / untada de risa por fuera”. En la raza negra avista una suerte de sosiego, desea una palabra que le sirva para ser negro, “quedarme el día entero debajo de una palma, / y olvidarme de todo a la orilla del agua”. Su muerte es una mina que proliferó los caminos del poema.

ALFONSO CARVAJAL

(Lea todas las columnas de Alfonso Carvajal en EL TIEMPO aquí).

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