El escritor y Lucky

El escritor y Lucky

José Libardo Porras Vallejo habló de que estaba escribiendo una novela sobre Lucky, su perro.

03 de noviembre 2019 , 10:54 p.m.

Era tan alto y distraído que miraba el mundo desde las nubes. Alguna noche tomamos ron y él champaña rosada, porque le hacía el quite a la diabetes. Eso dijo, eso soñaba.

No fui su amigo, pero con Isabel Salazar Piedrahíta le editamos El degüello, una extraña novela que recordaba a La vorágine, pues sus protagonistas encontraron el amor y su perdición en la selva. Esa noche, sus pequeños ojos tenían el titilar lejano de las estrellas. Habló de que estaba escribiendo una novela sobre Lucky, su perro, su amigo más fiel.

Su soledad era una soledad de lecturas y comenzar nuevos proyectos. Aparecía como un fantasma en las ferias del libro. Ay, los literatos, qué mundo idílico en un mundo tan cruel.

Una mañana, la parca dio la noticia: nos deja José Libardo Porras, novelista, poeta.
Autor de El hombre de la nieve y del libro de cuentos Historias de la cárcel de Bellavista, Premio Nacional de Literatura. Me invadió la tristeza y la alegría de haber conocido a un ser humano tan indefenso y con tan poderosa fe en las letras. Recordé su rostro de pájaro arrinconado en la jaula de la noche. Busqué su última novela, Lucky (Angosta Editores). Habitó con creces su promesa. Con sorpresa leí un testamento, una antesala de la muerte. A su protagonista –es un monólogo– lo acechaban la parca y su sombra filuda. La veía como a una tía pobre, vieja y descarnada, a la que hay que abrirle la puerta y atenderla. Primero, fue su padre, a quien se lo llevó un cáncer de próstata; luego, su madre, que no resistió el golpe, “abandonada por su marido, contrajo nupcias con Dios”, y una meningitis cerebral la desapareció de a pocos, y finalmente su hermana que cayó a un abismo en un viaje intermunicipal. ¿Y Lucky? Un labrador dorado, fungía de confidente, “ejercía el derecho del silencio”, porque el personaje le contaba sus cuitas, como aquella vez que se enamoró de una mujer de pelo crespo, “una lluvia de cobre a la altura de los hombros”. Que el amor a primera vista existe, “el más cercano a la divinidad”. Los demás son construcciones humanas, como todo lo humano: deleznables.

Lucky lo miraba absorto y ladeaba su cabeza mostrando su enorme lengua rosada.
Libardo como su personaje era “un viejo, o un adulto a punto de serlo”. Todavía guardaba gasolina en el depósito y “habría de gastarla hasta la última gota”. Sí, Libardo, en tu última novela.

ALFONSO CARVAJAL

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