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Don Álvaro

Don Álvaro

Lo recuerdo humilde en su sabiduría, respetuoso de los otros y siempre dispuesto a aprender.

Kafka y Vargas Llosa tuvieron padres perversos, autoritarios, eso expresaron; el praguense le dedicó un libro: Carta al padre. El padre, ese otro yo, antagonista natural, contravía de la adolescencia; pues yo tuve un padre que me dio libertad a su manera; sutil, distante, supo conducir a la oveja descarriada que era yo (o soy).

Recuerdo que el primer cuento que escribí, en segundo de bachillerato, fue una tarea para español: llegamos un domingo en la noche después de visitar las termales de Paipa, le supliqué que me diera una mano, me dio dos, se puso al frente de la máquina de escribir y sonriente me dijo: ‘Dicte pues’; fue su sabia forma de darme una lección. Más que un alineador fue un soporte.

Estudió en el colegio Americano de Bogotá, fue varias veces el mejor alumno, y allí aprendió inglés; eran otros tiempos, nunca olvidó sus reglas gramaticales ni su pronunciación. Estudió dos años de Derecho y no continuó por escasez de dinero, la abuela Carmen y el abuelo Álvaro habían traído al mundo nueve hijos.

Unos años después, gracias al conocimiento del inglés y a su inteligencia empírica, fue gerente de la Grace Line en Colombia, la compañía de los grandes barcos Santas; luego de dos décadas se retiró, y la plata que recibió la invirtió en un fracasado negocio de espejos con un judío errante; en su trasegar de negociante ideó Fresas con crema Don Álvaro, y logró introducir ese postre a Carullas, salas de cine y a El Campín. Luchó durante diez apretados años y cerró por inanición económica.

Fue un inventor solitario, trató de crear un desencallador de buques, pero costaba un millón de dólares (hace varias décadas), también incursionó en trampas para ratones y en un cultivo aeropónico. A sus ochenta años trabajó una temporada en EL TIEMPO bajo la supervisión de Luis Eduardo Parra como corrector de estilo y a los noventa años tradujo algunos artículos técnicos del inglés al escritor y traductor Juan Merino, tuve el placer de presentarlos en una Feria del Libro de Bogotá, mi padre llegó a la cita en TransMilenio. Resistió con Rosina, mi madre, la muerte de María Piedad en Suiza, la hermana menor, una herida que llevaron con dignidad. Lo recuerdo humilde en su sabiduría, respetuoso de los otros y siempre dispuesto a aprender. A ese viejo inmortal de 96 años, solo pudo matarlo el covid. ¡Que descanse en libertad!

Alfonso Carvajal

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