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Ramón Illán Bacca

Ramón Illán Bacca

Trabajó en la academia a su manera, creando sus propios sistemas de leer y escribir el mundo.

07 de mayo 2021 , 09:25 p. m.

Hay literatos que son una genial deformación estética de sí mismos; uno de ellos es Ramón Illán Bacca, que se fue anónimamente por achaques irremediables en época de pandemia, para información de las páginas del entretenimiento. Samario, adoptado por la Arenosa. Una larga vida de 83 años, “sabrosamente ejecutada”, se apagó en el silencio de los silencios. Le tenía pánico a la fama, al estruendo, a todo, menos a la literatura, como lector y escritor, nadó allí como una azarosa sirena sin hacer bulla. Era un escéptico, tímido e insondable; cinéfilo, escuchaba rancheras pero también a BBBW (Bach, Beethoven, Brahms y Wagner). El Illán se lo apropió de la lectura de un relato del infante Juan Manuel de 1335, pues le dio sonoridad rítmica a su apellido vacuno. Trabajó en la academia a su manera, creando sus propios sistemas de leer y escribir el mundo. No le interesó la teoría literaria, consideraba que el escritor de ficciones “debía tener una zona de ignorancia, para no tropezar con las reglas y llenarla con la imaginación”.

Tuve la fortuna de reeditar su primera novela, la sorprendente Deborah Kruel, donde entrevemos su niñez a través de Benjamín; allí cuenta que un estrabismo mal operado desvió su visión, con el tiempo escribirá la columna ‘Puntos de bizca’: el humor es el conejo mágico escondido en el sombrero. De su origen italiano amó la ópera y derivó su novela Maracas para la ópera; su juego enlaza su localía con una mirada universal. En Marihuana para Goering exclama: “¡Pensar que a Freud lo que le faltó fue trópico!”. Cuando entraba en una callejuela sin horizonte, lo mejor era “bajar los telones negros de la memoria”. Su humor habita la crítica, como afirmó lúcidamente el escritor Orlando Mejía Rivera, fue más incisivo contra la hipocresía de la sociedad costeña que Fernando Vallejo con la sociedad antioqueña: “Vallejo es un perro grande e inofensivo, que ladra fuerte, arroja mucha baba y muerde poco. Bacca es el gato de Cheshire: silencioso, elusivo, impredecible, peligroso”. En su entrañable cuento En la guerra no hay manzanas, cuando termina la Segunda Guerra Mundial “el cielo era una sábana de doradas llamaradas y una espinita penetró en su pensamiento, revelándole que también había terminado su infancia”. Fue un príncipe feliz, y con el tiempo su literatura esencial grabará su grandiosa sencillez.

Alfonso Carvajal

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