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Vida y muerte en el río

Vida y muerte en el río

'No es un río', la novela de Selva Almada, es el encuentro de un río de voces y personajes.

14 de abril 2021 , 09:25 p. m.

No es un río, la novela de la argentina Selva Almada, más allá de una historia de la periferia agraria, es el encuentro de un río de voces y personajes; aunque el título pareciera decir otro asunto, el asunto no es un río sino la vida de sus habitantes... pero el río y sus orillas son la matriz nebulosa de los acontecimientos.

Novela costumbrista, sí, poseedora de un poético lenguaje raizal; también, una novela moderna por su estructura, de ires y venires en el tiempo, de hilar el nudo dramático con una sólida curtiembre narrativa; por la construcción de unos personajes que con algunos pincelazos exhiben en profundidad sus deseos y miserias.

Todo empieza cuando al otro lado de la orilla, en una isla fluvial, Enero Rey, el Negro, pescadores cincuentones, y Tilo, un adolescente, hijo del fallecido Eusebio, pescan una raya de tres balazos y luego la echan al río como un desperdicio más. Ese hecho marcará a la comarca invadida, representada en Aguirre, quien visita a los intrusos y les dice que con un balazo era suficiente. Más lo irritará que la hayan devuelto al río.

Enero en el pasado había tenido una pesadilla reiterativa, en la cual un ahogado le jala las patas y lo tira hacia el fondo, “envolviéndolo con su cuero flojo, recubriéndolo como un capullo”. Eusebio lo lleva donde su padrino, un curandero, quien le dice que “los sueños son ecos del futuro”. Años después, a Eusebio lo desaparece el río. La escritora teje el origen de los protagonistas y cuece una historia maciza, que avanza entre la nostalgia del pasado; y aparecen dos muchachas, Mariela y Lucy, de melenas negras “como plumas de tordo, que les rozan el nacimiento del culo”, que huelen a pasto recién cortado.

En la última parte se siente un giro rulfiano, pues la realidad y el sueño navegan en la misma corriente: los fantasmas ayudan a escribir el relato. Hijas de Siomara, a la que le gustaba hacer fuego para sacarse la rabia, “de ponerla afuera de su pecho, como si les dijera: miren qué grande puede ser mi furia, cuidado que puede alcanzarlos”. Siomara está loca porque sus gurisas murieron en un accidente, pero su ausencia da sombra, lumbre y lluvia a las páginas. Las pasiones locales, el lenguaje pertenecen al universo, reitera el texto de Almada. Los pescadores ingresan en un territorio desconocido y un resplandor de fuego arde en el patio.

Alfonso Carvajal

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