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Aquellos ojos verdes...

Aquellos ojos verdes...

La trama recuerda un verano que madre e hijo pasan juntos en algún lugar del norte de Francia.

03 de diciembre 2021 , 08:00 p. m.

"Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás... La habría matado con medio pensamiento". Así comienza El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (2016), la ópera prima de la moldaviana Tatiana Tibuleac, en la cual construye un espeluznante monólogo de principio a fin. Su incursión espontánea se atisba en la frescura y el desparpajo que a veces la acercan a lo esperpéntico y a caricaturizar la realidad. De lo contrario, la ficción sería un asunto más tenebroso de lo esperado. Esta mirada descarnada inunda la novela de la ternura y crueldad de las relaciones humanas.

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El que habla es Aleksy, un pintor que creció sin amor, pues su madre, cuando murió su hija Mika, lo ignoró durante siete meses, y su padre un día se llevó casi toda la casa, con su novia polaca, flaca como un pitillo y que tenía un piercing en su lengua desabrida.

La narración va del pasado al presente y viceversa; esto ayuda a entender la trama en dimensiones simultáneas. Aleksy es un pintor exitoso, cuando por recomendación del psiquiatra escribe por terapia la novela que leemos. La trama recuerda un verano que madre e hijo pasan juntos en algún lugar del norte de Francia. Es una época tormentosa y loca. La madre le confiesa en un campo de girasoles que un cáncer la está devorando: "Por fin tengo algo que me quiere solo a mí", subraya; mientras él toma ansiolíticos para calmar su perturbación. Desayunaban cerveza y palomitas de maíz y navegaban en una barca en el lago para expiar sus culpas. Compartían el aniquilamiento de la madre y los arrebatos del pintor, que soñaba con frecuencia encontrarla muerta entre manzanas con un ojo en lugar de corazón.

Esto queda plasmado en su primer cuadro, El festín del diablo y de una mujer calva, que entroniza plásticamente los avatares de esta rara estación, donde los ojos de la madre "eran las ventanas de un submarino esmeralda” o “cicatrices en el rostro del verano".

Más allá de la ironía y el absurdo, de los descabellados poéticos, de imágenes dolorosas, Tatiana Tibuleac logra ahondar en una relación en la que el amor filial desnuda su rostro más brutal, pero también las fibras más sensibles que nos habitan. Somos lo que somos, y la literatura siempre devela algo más.

ALFONSO CARVAJAL

(Lea todas las columnas de Alfonso Carvajal en EL TIEMPO, aquí)

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