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Venezuela, la muñeca mutilada

Venezuela, la muñeca mutilada

El san Nicolás presidencial es poco diestro a la hora de hacer buenas obras, pero como estamos en época decembrina, no podía dejarnos sin los presentes anhelados.

El saco roto simboliza el dinero nacional que se diluyó en sus manos. Cuantiosos juguetes fueron a parar al cobijo de los ávidos vecinos revolucionarios. Y mientras otros países obtuvieron verdaderas obras maestras de la destreza estética, Venezuela se quedaba con la muñeca mutilada. La hermosura sin ojos ni alma para disfrutarla, la violentaron con la saña que esgrime el odio para perpetrar sus acciones letales. Fue una operación cruenta, tan característica de los desalmados que la desolación embrionaria de su raza es la marca de su Navidad.

El san Nicolás presidencial es poco diestro a la hora de hacer buenas obras, pero como estamos en época decembrina, no podía dejarnos sin los presentes anhelados. Cuando hurgó en las profundidades del saco, su mano salió por la tronera y encontró, tirado en el suelo maloliente, un huesudo muñeco con el rótulo del hambre en su frente de plástico. Su administración hizo de la hambruna la cruel realidad de los estómagos vacíos, que sucumben ante el horizonte de platos sin comida, seres que rebuscan entre la basura para extraer de ella algún desecho que coadyuve a soportar semejante pena. Los venezolanos andan con el espanto de hambre entre pecho y espalda, niños que mueren de necesidad, viejos arrastrados por una locura de gobierno revolucionario. Penurias que se multiplican dejando su fatídica cuantía de vidas.

Su maldad transformó la fiesta en afrenta. Los presentes que exhibe en su trineo, tirado por las barbas incendiadas en el infierno, son tan grotescos que asustan. Envuelta en papel dorado tenemos la más grande inflación del planeta. Este regalo erosionó nuestras vidas hasta convertirnos en un pueblo con los índices de pobreza más elevados. Otro regalo surgió entonces del saco roto llamado gobierno nacional. La corrupción galopante se reveló ante los ojos de todos, el brutal saqueo nacional sonrió con total desparpajo; quiso que las luces que iluminan nuestra Navidad tuviesen el fiel reflejo de lo que son: una pesadilla que sacude las estructuras del Estado hasta podrirlas con el flujo asqueroso de una manera pueril de conducirse.

Se escuchan disparos por doquier. La voz del llanto habla desde el trono de la penumbra, quejidos desgarradores que se descubrieron en una noche en donde la violencia cobró otra víctima. Si cuantificáramos con rigurosidad estadística, descubriríamos que las cifras se quedan cortas ante el iceberg de la violencia: como verdadero terremoto de nuestro destino. Son miles de familias que sufren la mutilación de su herencia, mueren sin la posibilidad de alcanzar sus sueños. Es la pesadilla que calcina oportunidades que van quedando guindadas; son historias de lápidas con cruces que sepultan ilusiones que no remontaron el vuelo. Es el reinado de la muerte que encontró un eficaz aliado en un gobierno que no lucha contra el crimen.

Una Navidad que colorearon con su ruindad. Desde sus esplendorosas casas llenas de lujo, seguramente no escucharán las angustias del pueblo venezolano. La revolución se ha quitado el antifaz para mostrar su rostro de perversidad. Mutilaron la muñeca hermosa que tiene por nombre Venezuela, rompieron su encanto y la dejaron tirada en un rincón oloroso a olvido, fueron desprendiéndola con la procacidad de seres sin recato, así hicieron de la nación una verdadera pesadilla.


Alexander Cambero

alexandercambero@hotmail.com@alecambero

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