Petro y Cinemark

En las crisis lo vital es cómo nos levantamos. Seguramente lo haremos sabiendo quienes no cooperaron

18 de marzo 2020 , 07:35 p. m.

En medio de una crisis sanitaria sin precedentes para esta generación, dos jugadores saltaron para sacar provecho de la infamia que da el mercado (el político y el comercial). Dejando a un lado la cooperación, solidaridad y liderazgo que debían tener, prefirieron tomar decisiones racionales y egoístas en medio del conflicto.

Gustavo Petro publicó en seis horas 16 mensajes en Twitter hablando de sus rivales políticos y de su gestión en el Hospital San Juan de Dios mientras los gobernantes —a quienes él atacaba— buscaban soluciones para evitar infecciones con coronavirus. Colombia tenía para ese momento 54 contagiados; Bogotá, 28. Pero el senador y excandidato presidencial solo tuvo cabeza y dedos para escribir trinos saturados de rencor.

Un par de días antes, Cinemark lanzaba una promoción para cautivar clientes y llevarlos a cine, aprovechando que su competencia, Cine Colombia, responsablemente había cancelado las funciones. La irresponsabilidad de la oferta llamando a la ignorancia de la demanda.

¿Qué tan bien les podría ir a estos lobos solitarios que actúan en contra del grupo para satisfacer sus necesidades?

Hace un par de años, la Universidad de Michigan (Estados Unidos) realizó una investigación usando el modelo del dilema del prisionero en el que analizó cientos de miles de juegos, simulando diferentes alternativas de acción. Concluyeron que cualquier ventaja obtenida de la traición tiene una vida corta. La evolución castiga a los egoístas, tituló la BBC haciendo referencia al estudio.

“Ser mezquino puede dar ventajas en el corto plazo, pero ciertamente no a largo plazo. Nos extinguiríamos”, afirmó Christoph Adami, investigador de la universidad.
Al respecto, Darwin listó unas características de los seres humanos para formar grupos de jugadores de equipo que facilitan la evolución: instinto social, reciprocidad, reputación, capacidad de asumir responsabilidades y deberes. Claramente, ni Petro ni Cinemark pensaban en esto.

Ambos tuvieron dos alternativas en esta coyuntura: cooperar o sacar provecho. Resolvieron entonces ir en contra del bien común y de esas reglas (consuetudinarias e intangibles; arbitrarias, si se quiere) que nos impiden ser lobos hambrientos; que hacen que la civilización venza a la barbarie.

La pandemia del coronavirus es una de esas situaciones incómodas, repentinas e imprevisibles que nos llevan a tomar decisiones para ayudarnos con bondad natural o a darnos codazos con sadismo, como lo describió el escritor William Golding en el ‘Señor de las moscas’ o el filósofo Thomas Hobbes en el ‘Leviatán’.

En las crisis lo importante es cómo nos levantaremos al día siguiente. Seguramente lo haremos más fuertes y unidos, y con la plena claridad de quiénes fueron los que no cooperaron, de a dónde no ir a cine cuando esto acabe y de por quién no votar en los próximos años.

No hay que olvidar el imperativo categórico de Kant: obrar como si la máxima de nuestras acciones se convirtiese en una ley universal. ¿Se imaginan si todos actuáramos hoy como el dueño de esas salas de cine, como los que se fueron de fiesta a pesar de las advertencias o como quienes hicieron proselitismo irresponsable?

En la última crisis energética vi a muchos ahorrando energía: gobernistas y opositores, bogotanos y paisas, hinchas de Santa Fe y de Millonarios, católicos y ateos; amigos y enemigos. No importaba, pues la solidaridad y el bien común opacaron las diferencias. Los colombianos se unieron y lograron reducir el consumo en más de lo que se esperaba.

Con el coronavirus, debe pasar lo mismo: debemos cooperar y ser solidarios. Y, especialmente, debemos tener un distanciamiento social y digital de jugadores solitarios que quizás tengan ganancias inmediatas, pero en el futuro estarán más cerca de la extinción.

Alejandro Riveros

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