Los que callan en las protestas

Los que callan en las protestas

Hay quienes aún creemos en las instituciones, en el modelo económico, y vemos los avances.

08 de diciembre 2019 , 12:41 a.m.

Es difícil escuchar las solicitudes de todos los que protestan, pero es más difícil aún escuchar las solicitudes de quienes callan. Porque el ruido es más poderoso que el silencio, y los que no marchan, no protestan ni gritan suelen ser ignorados, y con razón.

Las culturas orientales, a diferencia nuestra, tienen un particular aprecio por lo que no es visible, por el silencio y el vacío. En el arte japonés, el silencio tiene mayor significado, al igual que los espacios que hay entre los objetos; los libros sagrados hinduistas y su doctrina ortodoxa también destacan lo positivo del vacío, de lo que no se ve y de lo que no se escucha, pero que sabemos con certeza que ahí está.

En este lado del mundo, el interés por la nada es bajo, explica el periodista británico Julian Baggini. Solemos ver únicamente lo que sobresale y escuchar lo que más ruido hace, que generalmente es lo que aparece en las noticias. El lado negativo de nuestro país suele primar sobre el silencio de lo positivo.

Vamos a cumplir varias semanas de protestas y marchas. Muchos creen que las cosas en el país van mal, piden cambios y giros de política pública. Y puede que tengan motivos. Pero hay un pedazo de la historia que estamos ignorando, que nadie vocifera en manifestaciones y que no está contada en carteles.

Colombia ha avanzado. Somos el país de América Latina que más crece y uno de los grandes ejemplos de resiliencia económica si tenemos en cuenta las pocas veces en los últimos 100 años en las que el crecimiento ha sido negativo. ¡En 100 años! Además, la inversión extranjera sigue llegando, todas las actividades económicas crecen (menos la construcción), el consumo de los hogares aumenta a pesar del desempleo, los turistas no paran de visitarnos y millones de familias han salido de la pobreza en los últimos 17 años.

Decía Ricardo Ávila en la reciente Cumbre Energética Colombiana: Colombia es un niño que se cae, se raspa las rodillas, se pega en la cabeza, pero crece. Y no hay duda de que tenemos un mejor país que el que les tocó a nuestros abuelos. Hagamos las cuentas: sumemos el PIB, comparemos las cifras con nuestros vecinos, revisemos el repunte después de la crisis del 99. Hay razones para ser moderadamente optimistas.

Es cierto: tampoco hay que desconocer los fracasos culturales y las deficiencias sociales que tenemos. La disminución de la pobreza desacelera, la seguridad flaquea y la inequidad es visible y palpable.

Pero hay quienes aún creemos firmemente en las instituciones, en el modelo económico, y que vemos con optimismo los avances. Son quienes encontramos razones para callar en medio de las protestas. Lo malo es que ese silencio no es fácilmente comprendido. La atención se la llevan los que gritan más, los propietarios de los mensajes más emotivos y menos conciliadores.

La protesta es un derecho importante que debemos respetar y cuidar. Pero el silencio, el silencio de los que vemos con rabia la destrucción con violencia, la polarización y los llamados a la negatividad, ese silencio es un arma sin munición que se guarda en muchos hogares, esperando que algún día sea reconocido y valorado.

Hay tres tipos de colombianos hoy: los que protestan violentamente, que se llevan la mayor parte de la atención; los que protestan pacíficamente, que quieren más protagonismo, y los que sobran, que son los grandes ignorados en redes sociales y en medios de comunicación tradicionales.

Muchos callan en estas jornadas de protestas mientras esperan a ser escuchados, a que ese vacío de ruido sea entendido, ese silencio de los que creen que el país va bien y no protestan, que sabemos con certeza —como dirían los hinduistas— que existen y ahí están.

ALEJANDRO RIVEROS

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