La masa

La masa

Pobre del pueblo que entrega su individualidad a los “súper hombres”, a esos líderes tiránicos.

04 de agosto 2020 , 09:25 p. m.

Iósif Stalin era ambicioso, cínico y egocéntrico, un dictador que buscaba en su rebaño abnegada fidelidad y ceguera conveniente. Gracias a sus decisiones políticas elevó la moral de una gran parte de la población rusa que se convirtió en masa, una entidad uniforme, incipiente y consistente, compuesta por almas que al unísono respondían a sus estímulos.

En poco se cumplirán 100 años del momento en que fue nombrado Secretario General del partido y líder absoluto de la Unión Soviética, génesis de una masacre de al menos 10 millones de personas en nombre de la igualdad.

Este exterminio fue también producto de la complicidad de esa misma gente que lo aduló durante décadas y que fue pieza clave en lo que Nikita Jruschov llamó el crecimiento del culto a la personalidad de Stalin.

Sus seguidores enamorados se dejaron llevar por falsos ídolos, dogmas y utopías que los convirtió en camellos con moral de esclavos, que enfilados acentuaban las ideas de un “súper hombre” que los llevó a aceptar el totalitarismo y a la ausencia de la verdad.

Así les ocurrió a varios países americanos en el siglo pasado; a Venezuela, recientemente, donde el individuo y su libertad desaparecieron para darle paso a una “planificación socialista”.

Todo esto fue posible gracias a esa tribu que, como la describe Mario Vargas Llosa, con su espíritu irracional anhelaba con nostalgia a esos hombres del pasado subordinados a un brujo o a un cacique. A esos individuos se los tragó la masa, los engulló y no los devolvió.

Ese gentío también se (de)formó en Colombia lenta y cuidadosamente; hoy lo vemos atacando a quienes no piensan como su líder, infundiendo miedo y defendiendo con grandes escudos morales los errores de su mesías que, elevando las banderas de la igualdad, busca también acabar con la libertad, la propiedad privada y la competencia.

Este país debe alejarse de las conductas gregarias, igualitarias y antiliberales que buscan cargarnos a cuestas el peso de la pérdida de la individualidad y de la creatividad. Debemos alejarnos de esos líderes tiránicos que como describiría el autor de 'La fiesta del chivo', son imbéciles con cara de inteligentes, más peligrosos que los inteligentes con cara de imbéciles.

Ellos son quienes necesitan crear esa masa de abnegados admiradores para colectivizar su mente, volviéndolos beligerantes, irracionales, emocionales y, por supuesto, unos votantes juiciosos en las urnas. ¡Cuidado! Esa entidad uniforme y enamorada puede decidir por nosotros creyendo que votan por un “socialismo democrático” que no es más que la fachada de un socialismo dictatorial.

Pobre del pueblo que les entrega su individualidad a los “súper hombres”; pobre de esa masa monolítica y domada que ablanda su carácter para ser sometida. Pobre del país que aún no se da cuenta de que la pérdida de individualidad y el populismo es el combustible de los totalitarismos de izquierda que por ahí merodean las esquinas.

Alejandro Riveros

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