El parásito

El parásito

El mundo no necesita familias similares, pero sí que todos vivan en equilibrio.

15 de enero 2020 , 07:00 p.m.

Alcmena y Anfitrión son los esposos protagonistas de Amphitruo, tragicomedia del autor latino Plauto —escrita casi doscientos años antes de Cristo— que describe cómo los dioses Júpiter y Mercurio toman la forma de Anfitrión y de su esclavo para engañar a Alcmena y tomar provecho de la situación.

Más allá de la confusión cómica, los dioses representan la sinvergüencería y maldad, mientras que se burlan de la desdicha de los inocentes en medio de situaciones ridículas e indeseadas. Algo parecido sucede al comienzo de Parásitos, película surcoreana ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes, el premio de la crítica cinematográfica, y el Globo de Oro, donde las risas y el drama se mezclan, se confunden los buenos con los malos —y viceversa— y las necesidades humanas quedan desnudas. Esta película es como la vida, pero sin las partes aburridas, diría Alfred Hitchcock.

Es difícil hablar de una película sin dañar sus sorpresas y el final. Por eso es mejor limitar la reseña a abordar dos aspectos culturales que se extraen de esta obra de Bong Joon-ho: el vacío y la armonía.

Mientras en Occidente prefieren ver los objetos, varios países asiáticos tienen un particular enfoque en el espacio que hay entre las cosas, desde las escuelas ortodoxas de la India, que afirman que la ausencia es una de las principales categorías de la realidad, hasta la escuela japonesa de Kioto, donde el vacío es un componente de trascendencia.

El filósofo británico Julian Baggini explica la importancia del vacío, la relevancia de percibir y entender lo que separa dos objetos. O dos familias, como es el caso de los Kim y los Park, que tienen vidas completamente diferentes en la película. Los distancian el tamaño de sus casas, los privilegios de sus hijos, sus trabajos, las consecuencias del clima en ellos, las carencias y hasta los olores.

Se trata de perseguir la equidad y la armonía más que la uniformidad, de lograr la más bella avenencia que proviene de lo diferente, como expresaba Aristóteles

Ese gran espacio que hay entre clases sociales es el eje central de Parásitos. Para los más pobres, otras vidas son posibles o por lo menos son soñadas, y hay una ausencia de reconciliación con la situación actual (con el amor fati) que los lleva a alejarse de la virtud y la bondad.

En cambio, para la familia millonaria, el árbol de decisión vital los ha llevado a un estado adecuado, envidiable y justo que debería ser perpetuado. O al menos eso esperan ellos, desconociendo las exageradas e injustas consecuencias del famoso karma brahmánico en forma de tragicomedia.

Para algunas culturas orientales, la forma es el vacío y el vacío es la forma. Tal vez por eso la materialidad y la acumulación de objetos no son recomendadas ni para la estética ni para la ética.

La armonía es otro elemento oriental tan universal y popular como la libertad. Se requiere en todas las mentes, hogares, empresas y comunidades, pero no todos la consiguen, como es el caso de la sociedad surcoreana que pinta esta película (y es el caso del resto del planeta).

Y no significa que todos deban ser iguales en un país, como se puede concluir erróneamente al final de Parásitos. Se trata de perseguir la equidad y la armonía más que la uniformidad, de lograr la más bella avenencia que proviene de lo diferente, como expresaba Aristóteles.

El mundo no necesita familias similares, pero sí que todos vivan en equilibrio, con acceso a oportunidades para eliminar el sufrimiento emocional que provoca las insatisfacciones humanas, como le sucede a la familia Kim.

En Parásitos, la pérdida de la virtud y la percepción de injusticia en el vacío que separa a las clases sociales llevan a una ausencia completa de armonía y a unas circunstancias que aumentan las malas decisiones, tal como sucede en la vida, pero sin las partes aburridas.

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