El Llamamiento de Christchuch

El Llamamiento de Christchuch

La gobernanza global de internet no debe eclipsar el Estado, ni este debería prohibir su desarrollo.

19 de mayo 2019 , 12:57 a.m.

Hace un par de días se firmó en París el Llamamiento de Christchuch, una iniciativa del presidente Emmanuel Macron y la primera ministra Jacinda Ardem para luchar contra los contenidos terroristas y violentos en internet, a propósito de la transmisión en vivo en Nueva Zelanda del asesinato de 51 personas a manos de un australiano.

El documento, que ha tenido el apoyo de países como Canadá, Irlanda, Noruega, Reino Unido, Senegal y la Comision Europea, y de compañías como Facebook, Amazon, Google, Microsoft, Twitter y YouTube, es un ejemplo de la normatividad que sigue creándose alrededor de internet, una herramienta que parece haber cogido por sorpresa a todos, y que ha incentivado debates sobre la fortaleza real del Estado y su control en medio de la globalización y de las nuevas estructuras tecnológicas.

Mientras que las fronteras políticas se mantienen, los límites económicos, tecnológicos y culturales hacen caso a realidades distintas al ordenamiento territorial, lo que provoca una sociedad global en donde reinan las transacciones privadas y el flujo de información sin barreras.

Adaptando la frase de Fred Block sobre los mercados financieros, nos encontramos ante un absolutismo de la oferta y la demanda de esta red que está generando una anarquía. En Colombia lo vivimos a diario con las noticias falsas, la desinformación continua y los ríos de injurias y calumnias.

Ante el debate sobre el rol del Estado en estos casos, es necesario revisar el problema de sus capacidades, tal como fue planteado por Evans y Scokpol en la tradición neoestatal donde, partiendo de su autonomía, y del uso de sus instrumentos de actuación política, se puede influenciar y regular la información de la red teconológica con dos propósitos fundamentales: 1) responder a los desafíos que atentan contra la estabilidad interna y 2) mantener la integridad, seguridad y el poder.

La gobernanza global de internet no debe eclipsar el Estado (usando la metáfora de Peter Evans), ni este debería prohibir su desarrollo. Los países que han permitido una penetración más alta de internet, como Suecia, Noruega, Dinamarca y Países Bajos, son a su vez protagonistas del reporte de Estados frágiles de Fund For Peace por su sostenibilidad y fortaleza. Estos Estados, no lo olvidemos, han reconocido tener un intervencionismo político y económico amplio.

Lo anterior plantea un primer punto relevante: el Estado, aunque no tenga control total sobre la ciberinformación, sí debe mantener el poder, a través de la creación de instituciones sobre aquellos que permiten que internet funcione.

Después del esparcimiento masivo y veloz de la información digital, los gobiernos han optado por crear instituciones y así fortalecerse, pues el riesgo de dejar sin normas la masa digital es muy alto. Advertía Nocera sobre la concepción de la multitud: “La conducta de la masa tiene como característica principal su sensibilidad, intolerancia e irracionalidad”.

Internet y las redes sociales nacen en un estado de naturaleza hobbesiano, donde los proveedores y consumidores de información se comportan como lobos hambrientos. Aquí, y a través de las instituciones, se concibe a un protector y garante de derechos: El Estado y su injerencia en la gobernanza global de internet. Así se forman una oposición al libertinaje digital y constricciones a las acciones de los usuarios.

El miedo al desorden y al vacío de jurisdicción nos tiene que llevar a confiar en un pacto, de donde proviene este nuevo leviatán o ‘web-viatán’, que, como el original, también necesita de división de poderes y construcción de lugares privados. (Aquí radican las discusiones sobre privacidad que han enfrentado a Apple y WhatsApp con el gobierno de Estados Unidos y que merecen una discusión aparte e individual).

Adición: El Gobierno de China acaba de bloquear la enciclopedia Wikipedia para consultas en cualquier idioma. En este país, la población tampoco puede consultar Google, Facebook, Instagram, Twitter ni YouTube. Esto no es regulación; es censura.

ALEJANDRO RIVEROS

Sal de la rutina

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