Venezolanos

Deberíamos poder responderles acertadamente a estos extranjeros que vienen a sobrevivir.

22 de septiembre 2020 , 09:25 p. m.

Más de dos mil hombres armados cruzaron la frontera occidental de Venezuela para internarse en Arauca. Los caminantes sufrieron la lluvia, el hambre y los ataques de animales salvajes. Algunos murieron ahogados; otros, de fiebre. Los sobrevivientes continuaron al interior del país rumbo al páramo de Pisba, para finalmente entrar a Bogotá jadeantes, sin camisa, heridos y sin saber con certeza cuál iba a ser su futuro.

Caminaron para liberarnos de la opresión española —así lo cuentan los libros de historia—. Lo hicieron con valentía y solidaridad, así nos gusta creer cuando leemos sobre Bolívar.

En los últimos meses, otros miles de venezolanos han vuelto a caminar hacia el interior de Colombia para liberarse ellos mismos de una realidad caótica causada por Nicolás Maduro, un tirano tan mezquino como los realistas Antoñanzas y Monteverde, militares que implantaron un reinado de terror en la Caracas del siglo XIX.

Si bien las cifras oficiales reportan más de 5,1 millones de venezolanos migrantes, refugiados o asilados, seguramente son más los que de forma irregular recorren las carreteras de Latinoamérica, desde Guyana hasta Argentina.

En nuestro país pueden haber 1,8 millones (el 4 por ciento de la población). La mitad sin permiso de residencia, trabajando en la informalidad y muchos viviendo en la calle. La pandemia los afectó y unos 100.000 regresaron, pero seguro volverán en los próximos meses.

Incluso si el Palacio de Miraflores cambia de líder pronto, llevará varias décadas para que los vecinos se recuperen. Su nueva normalidad tendrá un crecimiento lento y tedioso, como el de los inicios de las repúblicas en Sudamérica.

¿Qué hacer en Colombia? El desempleo, la inseguridad y la pobreza multidimensional ya eran preocupantes antes del comienzo del éxodo masivo de 2014, y el presupuesto social era bastante estrecho. Ahora, con la pandemia, mucho más.

Deberíamos poder responderles acertadamente a estos extranjeros que vienen a sobrevivir. Deberíamos garantizarles un techo digno, servicios públicos básicos, seguridad y salud. Pero no es claro que podamos. La crisis nos desborda y muchos de ellos están sufriendo acá tanto como en su país de origen.

Una imprudente recepción de refugiados atenta incluso contra los mismos venezolanos que ya se encuentran en Colombia. También es irresponsable no judicializar —como algunos jueces lo han hecho— a los extranjeros que constituyen un peligro para la seguridad y para la comunidad.

Si el Gobierno y la comunidad internacional, cuyo rol es fundamental (mientras que en otras circunstancias los aportes internacionales llegan a 2.000 dólares por migrante, nosotros recibimos 200 dólares), pueden asegurar una vida digna para los nuevos refugiados, debemos recibirlos y protegerlos.

Pero qué pasa si no tenemos la capacidad para hacerlo, si las necesidades de ellos exceden nuestra realidad, si es imposible controlar el flujo migratorio hacia Colombia. ¿Cómo balancear la solidaridad de un Estado con sus intereses nacionales?

Ojalá la democracia llegue a Venezuela ‘con la velocidad que un rayo baja del cielo’, tal como Santander describió a Bolívar y a sus caminantes apareciendo en Santafé en 1819. Pero mientras eso ocurre debemos evaluar si realmente estamos preparados para recibir a más venezolanos que, como sus antepasados, siguen luchando por la libertad.

Alejandro Riveros

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