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La belleza de la injusticia

La belleza de la injusticia

El mundo es injusto para todos, pero se hace más visible en aquellos diferentes por su talento.

Dan rabia la injusticia y la tragedia de los que merecían más, de los que el destino no premió como debía por sus juegos insensatos y su azar escalofriante. Cómo no pedirle a la historia un final mejor para algunos héroes del arte; para quienes vivieron en la miseria a pesar de su talento, soportando enfermedades y desprestigio.

Qué tragedia la de los mártires que dieron todo para que les reconocieran en vida lo que solo llegó en el sepulcro. ¿Acaso debían conformarse con la moral religiosa que los recompensa después de muertos? ¿Acaso no merecían un deus ex machina que arreglara todo y les diera una esperanza a sus desgracias?

El mundo puede ser injusto para todos, pero se hace más visible en aquellos diferentes por su talento. Otras vidas deberían ser posibles. Quién no deseó alguna vez que Fyodor Dostoyevsky no hubiera tenido que refugiarse en casas despreciables de ciudades europeas, o que la mente de Van Gogh no lo engañara con delirios e ilusiones sicóticas que despedazaban su tranquilidad.

Si fuera una película, todos haríamos fuerza para que el escritor nacido en Moscú disfrutara del éxito de su homenaje a Pushkin. O para que alguien más acompañara a Van Gogh en sus dolientes y solitarias noches en Arlés.

Sufrimos al ver cualquiera de los 35 autorretratos que pintó Van Gogh con su mirada triste y perdida. Aguantamos con melancolía su psicosis y alcoholismo.

Sufrimos cada momento de felicidad de Dostoyevsky, sabiendo que pronto caería en desgracia, nuevamente. Malditos prestamistas; maldito Estado que lo condenó; maldito universo que secretamente le tenía guardada una nueva trampa.

Solo nos queda el consuelo del “todo pasa por alguna razón”, esa frase que resuena generación tras generación en sociedades atadas a una fuerza superior; que nos da algo de alivio, pues sin la miseria tal vez no hubieran existido Crimen y castigo ni Los hermanos Karamazov. Sin la penumbra interna de su autor, tampoco tendríamos La noche estrellada o Los girasoles pintados al óleo.

¿Deberíamos estar agradecidos por los infortunios de estos artistas? El arte verdadero, el arte virtuoso (No el “arte de percepción”, el de los rayones que vemos en museos de arte moderno) es un ejemplo de ironía. Es la belleza de la obra a través del sufrimiento del autor. Es, como explica Kandinsky, la expresión de lo que rodea al artista, y la vida de su alma como fuente de inspiración.

Benditos los cuatro años de cárcel de Dostoyevsky en Siberia; bendita las noches en la casa psiquiátrica de Saint-Paul, donde Van Gogh pintó sus mejores obras; bendita la naturaleza que los hizo con inteligencia conectiva y baja sociabilidad.

Estos dos artistas coincidieron durante 28 años en este mundo. Dicen que el pintor neerlandés leía al novelista ruso, pero no estoy seguro. Ojalá. Debió de haber sido una escena intensa en la que se consolaba una de estas dos víctimas de la ineludible belleza de la injusticia.

Alejandro Riveros

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