Otras vidas son posibles

Otras vidas son posibles

Ya no deberíamos ver más teatro en la política ni delincuentes con finales felices.

03 de noviembre 2020 , 09:25 p. m.

Qué falta hace el buen cine y todos sus rituales. Especialmente para los ciudadanos de un país donde los villanos, las alegrías espontáneas, los falsos finales felices y las desgracias se ven en los noticieros y no en las salas oscuras.

Ya no deberíamos ver más teatro en la política, delincuentes con finales felices ni héroes con un desenlace fatal. Como si esto fuera una película rodada en Nueva York o Londres, pero sin el humor de Woody Allen y sin la fortaleza de Mia Farrow o Diane Keaton.

Las tragicomedias nuestras dejaron de ser cómicas desde que se hicieron habituales. Dice mucho de un país cuyos conflictos históricos lo condenan por siempre y obligan a sus habitantes a crear ficciones para sobrevivir: la de la paz, la reconciliación, la equidad.

Pareciera que Colombia fuera un rompecabezas que nadie quiere armar, un pedazo de guion de Charlie Kaufman que nadie quiere ver por temor a no entender. Un enredo de mafiosos al estilo de Scorsese, pero sin malos que carguen el karma de los personajes de Joe Pesci.

Qué falta nos hace ir a las salas de cine para ocultar en esa oscuridad nuestra tristeza e incertidumbre. Para que, al regresar a casa y ver las noticias, podamos decir con voz de Humphrey Bogart “no importa, siempre tendremos al cine” y planeemos un nuevo escape de la realidad.

“C’est dans les salles obscures que naissent les citoyens éclairés”, dice una campaña de una compañía de cine en París: “Es en las salas oscuras donde nacen los ciudadanos iluminados”. Los franceses siempre se las ingenian para hacernos recordar a Georges Meliès.

El cine ha sido otro gran unificador de la humanidad, junto con la religión, el dinero y el territorio, a los que les ha servido noblemente. Vaya desgracia la de la civilización que no pueda contar sus ficciones a través de una película y se vea condenada a ver los relatos paranoicos en las redes sociales.

Nos hacen tanta falta las salas de cine que actuamos en la vida real como si estuviéramos allí. Ante las injusticias somos espectadores ajenos a esa realidad. Como si no fuera con nosotros, como congelados esperando a que nuestra negligencia sea recompensada por un deus ex machina. Al final de cuentas, no es que los capítulos trágicos de Colombia sean tan grandes; es que, ante estos, cada quien busca ser más pequeño.

Vivimos con el ojo puesto en una ranura de puerta esperando que algo malo ocurra para iniciar la tarea voyerista de ser colombianos, como si la misión en la vida fuera la de juzgar vidas ajenas, como en la película de Michael Haneke donde nos sentimos un dios omnisciente que presencia aburridamente la vida de los otros.

Somos solo mirones apáticos de un mundo que se cae a pedazos. Estamos enfrentando una realidad con pocos héroes; también pocos villanos, pero un gran público que no hace nada ante los problemas del país. Necesitamos que vuelvan las buenas películas al cine para untarnos del coraje y la valentía de Rick Blaine, Rhett Butler o Clarice Starling.

Que falta hace el buen cine y todos sus rituales: callar por beneficio común, reír y asustarnos sin pensar en el qué dirán, cogernos de la mano con complicidad mientras hacemos fuerza para que algo bueno ocurra. Reconciliarnos con el amor fati de Frank Capra o simplemente pretender por dos horas que el mundo puede cambiar y que otras vidas y muertes, diferentes a las que vemos en los periódicos, son posibles.

Alejandro Riveros

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