Bogotá da miedo

Vivir en la capital genera ansiedad y desgaste emocional. La inseguridad es un problema estructural.

18 de diciembre 2020 , 09:25 p. m.

La inseguridad en Bogotá es un problema estructural producto del desorden, la pérdida de respeto en la autoridad, la impunidad y la ausencia de recursos para inversión.

Las cifras son preocupantes, tanto la de percepción como de delitos y capturas. Y lo más inquietante es que cada hecho tiene también repercusiones en la competitividad de la ciudad, la salud mental de los ciudadanos y el futuro de sectores como el inmobiliario y turismo.

Los datos de seguridad de 2020 deben verse con cuidado. Sin festejar. Este fue un año atípico donde el confinamiento hizo reducir los casos de atraco, homicidios, hurto de comercios y robos a residencias (aunque este último mantiene picos aterradores), y no pueden compararse con las cifras de 2019.

El hurto de vehículos y bicicletas tiene un capítulo aparte. El primero, para los meses de febrero, septiembre y octubre, logró superar cualquier registro de 2019; mientras que el segundo ha tenido un aumento del 40 %.

Por otro lado, la caída en el número de capturas estaría asociada a la reducción de denuncias, pero también podría ser un efecto de la baja en operatividad de la Policía Nacional que se ha enfocado en el control de las medidas de cuarentena y de una reducción de su plantilla en la prevención de contagio.

Las víctimas no son solo quienes resultan atracadas o violentadas; los habitantes de la ciudad sufren de forma indirecta cada vez que conocen un nuevo caso de inseguridad.

Por un lado, investigaciones sobre el impacto del crimen en las comunidades revelan que la depresión puede estar relacionada con las características de los barrios en los que vive la gente.

Según la socióloga Carol Aneshensel, las personas que viven en lugares con altos índices de delincuencia afrontan la ansiedad por su seguridad y la de sus posesiones, y el trastorno social del vecindario se asocia con síntomas depresivos tanto en niños como en adultos. En resumen: vivir en Bogotá llega a generar ansiedad, miedo y desgaste emocional.

Además, en las áreas donde hay mayor percepción de inseguridad el valor del metro cuadrado de las viviendas tiende a descender. Nadie quiere vivir en un sector donde puede ser víctima de atracos o robos. Investigaciones en México concluyen que, en aquellas zonas donde la violencia ha sido más persistente, la reducción en el precio de las viviendas es evidente, especialmente en áreas vulnerables donde llega incluso al 40 % mayor que en aquellos sectores que han experimentado picos de violencia homicida de corta duración.

El crimen también afecta a las empresas, las cuales –según el Banco Mundial– reducen su inversión, aumentan sus gastos en seguridad privada y disminuyen productividad debido a la violencia en sus áreas de influencia. Según ese organismo, este efecto es provocado en mayor medida por los delitos callejeros y no por el crimen organizado.

Hay forma de mejorar

Curitiba, en Brasil, y Aguascalientes, en México, implementaron una estrategia de renovación llamada ‘Línea verde’, que consiste en recuperar zonas descuidadas de varios kilómetros, donde fortalecieron la gobernanza ciudadana, fomentaron la seguridad pública e hicieron inversiones en infraestructura. En Aguascalientes, los asaltos violentos y robos disminuyeron en un 50 % y el valor de las propiedades aumentó hasta en un 20 % desde la intervención.

Otro caso. San Pedro de Sula, en Honduras, decidió apostarle al fortalecimiento de la policía. Las pandillas incentivaban la violencia y la desconfianza en la policía llegaba al 80 %. Aumentaron los salarios y los meses de entrenamiento de los uniformados; también fortalecieron los programas de seguridad ciudadana. La tasa de homicidios disminuyó en 50 % en seis años; pasaron de 86 a 43 homicidios por cada 100.000 habitantes. Además, la confianza de los ciudadanos en la policía se elevó del 19 al 54 %.

El vaso medio vacío:

La tolerancia al desorden hace que la seguridad se deteriore y que los criminales sientan mayor confianza; mientras que esta se reduce en los ciudadanos. La autoridad no se ve reflejada en las instituciones, y los casos de atracos y asesinatos se ven todos los días. La incorporación de tecnología para abordar la reducción de delitos no aparece.

El vaso medio lleno:

Bogotá ha salido de crisis peores. La tasa de homicidios disminuyó de 80 por cada 100.000 habitantes en 1993 a 12,6 homicidios en 2018, y desde 1990 se ha avanzado en programas de cultura ciudadana, policía comunitaria, estrategias para atacar “puntos calientes” e inversión en tecnología. De hecho, la actual alcaldía intenta (no sé si lo logre) cumplir con los compromisos de duplicar Unidades de Reacción Inmediata, aumentar la capacidad de las cárceles y fortalecer la policía.

La solución a corto y mediano plazo debe ir dirigida a la consecución creativa de recursos para invertir en tecnología, en programas que estimulen la seguridad comunitaria y privada, y el aumento en la capacidad carcelaria, hoy insuficiente. También se necesita eliminar las pequeñas incivilidades que generan caos: vandalismo, la anarquía en TransMilenio y la ocupación ilegal del espacio público. Este último punto solo requiere de voluntad política y de compromiso de los ciudadanos.

Hay que ordenar la ciudad para dejar de sentir miedo.

Alejandro Riveros

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