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La memoria, la historia, el olvido

La memoria, la historia, el olvido

El relato memorioso de la verdad sobre la violencia total es requisito indispensable de la paz real.

20 de octubre 2021 , 08:00 p. m.

El título fue de Paul Ricoeur, pero el asunto es nuestro. Porque asomó otra vez, y en ambiente electoral, que a la paz y reconciliación se accede en términos de amnistía general, de perdón indiscriminado y de olvido planificado. Eso tiene la inaceptable desventaja de dejar inmodificadas las conductas e ignoradas las causas reales y objetivas que nos condujeron a semejante virulencia social.

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Los procesos de reconciliación en otras partes de América y del mundo contaron con las indispensables comisiones de la verdad, porque solo la aceptación de la propia responsabilidad y culpabilidad garantiza la enmienda, la reparación, la justicia y, entonces, la reconciliación y la paz.

"Cada pueblo tiene el derecho inalienable a conocer la verdad acerca de los acontecimientos sucedidos y las circunstancias y los motivos que llevaron, mediante la violación masiva y sistemática de los derechos humanos, a la perpetración de crímenes aberrantes. El ejercicio pleno y efectivo del derecho a la verdad es esencial para evitar que en el futuro se repitan las violaciones. El conocimiento por un pueblo de la historia de su opresión forma parte de su patrimonio y, por ello, se debe conservar adoptando medidas adecuadas en aras del deber de recordar que incumbe al Estado. Esas medidas tienen por objeto preservar del olvido la memoria colectiva, entre otras cosas para evitar que surjan tesis revisionistas y negacionistas" (ONU, Protección y promoción de los derechos humanos mediante la lucha contra la impunidad, principios 1 y 2).

El informe final de la Comisión de la Verdad deberá ser acogido, sin tesis negacionistas ni revisionistas, para asegurarnos en serio que eso que sucedió nunca jamás se repita.

Y en su ilustre libro Por una cultura de la memoria, Metz la rescata de la habitual función de recordar el pasado para situarla en el deber de razonar el presente sin amnesia de lo sucedido, siendo el pensar memorioso una de las racionalidades emergentes en la actual revisión de las condiciones de todo conocimiento honesto. Hacer memoria es imperativo social para que el recuerdo permanente de los victimarios y de las víctimas sea fuerza de razón para acometer la reforma estructural de la sociedad en sus múltiples manifestaciones.

"La sociedad actual es una sociedad anónima en que nadie se quiere echar la culpa y todos somos responsables" fue frase memorable del arzobispo mártir de San Salvador. Con ella convocaba a revisión y enmienda a todos los actores del conflicto, comenzando por los alzados en armas y siguiendo por el sistema financiero y por el educativo, por el empresarial y por el político, por el religioso y el familiar: todos somos responsables.

Es que ¿cómo educar después de nuestros genocidios, si los genocidas se educaron en nuestras instituciones? ¿Cómo evangelizar después de nuestra barbarie, si los bárbaros confesaban la fe cristiana? ¿Cómo lamentar el número impresionante de tumbas abiertas por los alzados, si la lógica del establecimiento produjo tantas muertes violentas y sistemáticas? ¿Cómo plantear el desarrollo humano y social después de Bojayá y del acumulado siniestro de ‘falsos positivos’? ¿Cómo esperar la no repetición, si la violencia se agazapa en la estructura de la sociedad y del Estado?

La violencia, antes que fenómeno aislado, es estructura social. De modo correlativo, la paz justa y verdadera es fruto de la justicia estructural y del enderezamiento plenario de la sociedad.

Así, el relato memorioso de la verdad sobre la violencia total es requisito indispensable de la paz real. Y el informe final de la Comisión de la Verdad deberá ser acogido, sin tesis negacionistas ni revisionistas, para asegurarnos en serio que eso que sucedió nunca jamás se repita. Olvidar sin enmendar sería hacer al remedio peor que la enfermedad.

ALBERTO PARRA S.J

(Lea todas las columnas de Alberto Parra en EL TIEMPO, aquí)

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