Un colombiano por el mundo

Un colombiano por el mundo

A cinco años de haberse ido, Gabo sigue llamando y congregando, más vivo y más cercano que nunca.

19 de abril 2019 , 07:00 p.m.

BUENOS AIRES. Voy a cometer una infidencia, pero creo que está justificada. A fines de diciembre tuve una conversación con una gran amiga que, durante el último año, había sido la cónsul de Colombia en Barcelona. En esa charla, Pilar Calderón me comentó que se había enterado de que hacía décadas se intentaba sin éxito poner una placa en el número 6 de la calle Caponata, en el barrio de Sarrià, en donde Gabriel García Márquez había vivido y escrito varios de sus libros más célebres. “Me quedé pensando que debía crear algo para intentar recuperar el rastro de Gabo en Barcelona y celebrar su legado ahora que se cumplen cinco años de su muerte” fue lo que dijo, palabras más, palabras menos.

Yo la felicité por la noble idea y me dispuse a pasar al siguiente tema de conversación. Al fin y al cabo, García Márquez había llegado por primera vez a Barcelona en 1967, y medio siglo después la calle Caponata seguía sin una placa conmemorativa que le rindiera homenaje a su más ilustre habitante.

Lo que más me conmovió ese día no eran los artículos escritos en su memoria, sino las páginas y páginas de comentarios de lectores que leían a Gabo en otras lenguas, desde lugares remotos.

No habían pasado tres meses de esa conversación cuando recibí el enlace a un artículo en el periódico La Vanguardia, el de mayor circulación de Cataluña, titulado: ‘Barcelona dedica una semana de homenaje a García Márquez’. Me senté entre asombrada y divertida a leer cómo lo que me había parecido un globo al aire que ni siquiera calificaba como idea quijotesca se había convertido en un evento literario de una semana de duración, respaldado por la comunidad intelectual y empresarial de la ciudad.

El reportaje explicaba que la semana de eventos, bautizada ‘El rastro de Gabo en Barcelona’, estaba liderada por el Consulado de Colombia junto a una lista bastante larga de instituciones de alto voltaje como La Caixa, Casa Amèrica y el mismo diario La Vanguardia. Entre la casi docena y media de eventos en el programa había talleres y conversatorios con escritores de la talla de Laura Restrepo, Santiaglo Roncagliolo, Martín Caparrós y Luis Goytisolo, y hasta un circuito turístico para recoger los pasos del nobel por la capital catalana.

Por supuesto que, más allá de la capacidad de la idealizadora de convertir una idea en acción en tiempo récord, lo que conjuró a tantas voluntades fue la figura de Gabo, que a cinco años de haberse ido sigue llamando y congregando, más vivo y más cercano que nunca.

La tarde que Gabo murió, el 17 de abril del 2014, me senté a leer lo que tenían que decir sobre su obra los grandes periódicos y revistas del mundo. Eran obituarios preparados con años de antelación, joyas literarias en sí mismas, que trataban de capturar la inmensidad y la universalidad de un escritor venido de un pueblo diminuto en el Caribe colombiano. Lo que más me conmovió ese día no eran los artículos escritos en su memoria, sino las páginas y páginas de comentarios de lectores que leían a Gabo en otras lenguas, desde lugares remotos. Y que lo sentían tan familiar y tan cercano como me pasaba a mí, que, como colombiana, había crecido rodeada de sus mariposas amarillas y bañada por sus lluvias de flores.

Al destilar nuestra esencia –¿de seres humanos, de colombianos?– y transmitirla de una manera tan singular, Gabo nos volvió especiales e internacionales y nos sacó de los estereotipos a los que habíamos sido confinados. Él no está más, pero sus palabras viajan lejos, y quienes estamos por fuera nos beneficiamos a diario de su labor de embajador, que resalta nuestro lado más amable. Que nos retrata con cariño y ternura que seguramente no merecemos. Ojalá García Márquez haya sabido de ese otro legado que nos dejó, el de colombiano por el mundo, cuya huella sigue viva en los rincones más inesperados y en medio centenar de idiomas.

Sal de la rutina

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