Instrucciones para votar

Instrucciones para votar

Si bien tenemos muertos, también tenemos héroes. Pensemos en eso mañana, cuando salgamos a votar.

10 de marzo 2018 , 12:00 a.m.

En vísperas de la jornada electoral, una corta reflexión sobre lo que somos y lo que podemos ser.

Acabo de cerrar la última página del libro 'Aquí no hay muertos: una historia de asesinato y negación en Colombia', de la abogada e investigadora Maria McFarland Sánchez-Moreno. El libro, como varios lectores deben de saber, ha levantado olas porque en uno de sus apartes incluye un intercambio de mensajes entre la autora y Diego Murillo Bejarano, alias don Berna, que vinculan al expresidente Álvaro Uribe Vélez con el accidente aéreo en el que murió Pedro Juan Moreno, quien fue secretario de Gobierno durante la gestión del expresidente en la Gobernación de Antioquia.
Murillo Bejarano expidió luego un comunicado en el que asegura que la versión que compartió con McFarland no era “más que un chisme”. Como sucede con tantos otros episodios del último medio siglo en Colombia, la verdad y la justicia demorarán en aparecer.

En medio de la polémica, ha pasado casi desapercibido el tema central del libro, que es el trabajo de tres colombianos cuya obra de vida confluyó y se entrelazó durante uno de los períodos más negros de la extraordinariamente violenta historia de nuestro país. Ellos son el abogado y activista de derechos humanos Jesús María Valle, asesinado en 1998; el investigador de la ‘parapolítica’ y actual jefe de la comisión de la ONU contra la impunidad en Guatemala, Iván Velásquez; y el periodista investigativo de Semana Ricardo Calderón, responsable, entre otras cosas, por haber destapado las chuzadas del extinto DAS.

No busca ser un recuento de las atrocidades de las que somos capaces los colombianos, sino más bien un tributo a la “honestidad cotidiana, el coraje y la nobleza en circunstancias de grave peligro”.

Maria McFarland fue la principal investigadora de Human Rights Watch para las Américas y estuvo a cargo de cubrir Colombia entre el 2004 y el 2010 (ella es ahora la directora ejecutiva de Drug Policy Alliance, una organización estadounidense que aboga por el fin de la guerra contra las drogas). Pocas personas conocen como McFarland lo que hay detrás de la violencia de la que han sido víctimas incontables activistas de derechos humanos, jueces, sindicalistas, líderes comunitarios, periodistas y varios millones de desplazados en nuestro país en las últimas décadas.

Pablo Escobar puede ser una celebridad mundial, pero el siguiente capítulo de nuestra historia, que empieza justamente cuando el narcotraficante fue dado de baja, es lo que este libro busca iluminar. Y es importante que así sea, porque la crónica detallada del terror indescriptible, del despojo, el encubrimiento y la impunidad que han rodeado a las acciones de los grupos paramilitares y a quienes los han patrocinado, no ha tenido suficiente resonancia en el exterior, de la misma manera como no ha tenido una resolución satisfactoria en Colombia.

Pero aquí no hay muertos no busca ser un recuento de las atrocidades de las que somos capaces los colombianos, sino más bien un tributo a la “honestidad cotidiana, el coraje y la nobleza en circunstancias de grave peligro” que exhiben no solo los protagonistas del libro, sino millones de compatriotas. Colombia ha producido y sigue produciendo ciudadanos como Valle, Velásquez y Calderón, que tienen fe en el sistema, aspiran a estándares más altos y aspiran a que sus gobernantes adhieran al mismo código. Individuos cuyos esfuerzos y logros benefician a toda la sociedad y fortalecen la democracia, aunque por ello tengan que pagar un alto costo personal y familiar.

Es una perspectiva que a menudo perdemos de vista, cegados como estamos por el catastrofismo que ha dominado esta campaña electoral, en la que los candidatos en los extremos del espectro ideológico se empeñan en mostrar que todo está roto y que solo ellos lo pueden arreglar.

No. Lo que necesitamos y lo que el libro de Maria McFarland ejemplifica de manera emotiva, aunque rigurosamente documentada, es que si bien tenemos muertos, también tenemos héroes. Pensemos en eso mañana, cuando salgamos a votar.

ADRIANA LA ROTTA

Columnistas

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