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Con prisa y sin pausa

Lo importante es que en las calles siga la presión para que las propuestas de ajuste del acuerdo de paz tengan ánimo constructivo.

Adriana La Rotta
No ha pasado un día en las últimas dos semanas sin que alguien me pregunte qué está pasando en Colombia y, lo que es más complicado aún, qué es lo que va a pasar. En lugar de dar una larga explicación sobre algo que es literalmente inexplicable, mi primer impulso es recomendarles a quienes me preguntan que vayan a las redes y visiten, en cualquier orden, los siguientes lugares: el hashtag #AcuerdoYa, para que vean que son millones y millones los colombianos que sí quieren la reconciliación y la paz.
El último video de #HolaSoyDanny, con la prueba fehaciente de las groseras mentiras del No. La cuenta de Twitter de la senadora Nohora Tovar Rey, donde, qué casualidad, promueve un escandaloso proyecto de ley sobre restitución; y la cuenta de la Agencia Nacional de Tierras, que explica lo que está cocinando la parlamentaria. La cuenta de Twitter del profesor Jorge Restrepo, que destaca un gráfico con la espectacular caída en el número de víctimas en el conflicto armado con las Farc este año. Y, claro, la cuenta del expresidente Álvaro Uribe, cuyos trinos están plagados de palabras incendiarias, que francamente no parecen propias de alguien con ánimo constructivo y conciliador: amenaza, impunidad, atentado, desconfianza, narcoterrorismo, manipulación, asfixia, explosivos, escándalo, trampas, secuestro, tortura, estragos, chantaje.
Mi explicación es más bien caótica –aunque no más que el momento absurdo que nos está tocando vivir–, pero en el fondo la realidad es simple: hay colombianos que saben que preservar vidas y hacer las transformaciones que permitan crear una sociedad más justa es lo prioritario, y hay otros que quieren imponer su agenda y sus intereses y parecen estar dispuestos a llevar al país nuevamente al desangre, con tal de salir victoriosos. Quienes votamos Sí sabemos que el acuerdo tendrá que tener modificaciones, pero exigimos que eso se haga dentro de un plazo razonable que no amenace la fragilidad del cese del fuego, ni borre de un plumazo el espíritu de reforma y modernización que es el antídoto contra el conflicto y que previene su repetición.
Lo importante es que en las calles siga la presión para que las propuestas de ajuste del acuerdo de paz tengan ánimo constructivo. Tal como lo dijo este viernes en Bogotá el jefe del equipo negociador, Humberto de la Calle, los propósitos de “recuperar el campo, limpiar la política, contribuir a la superación del problema mundial de la droga, reparar a las víctimas e impartir justicia” tienen que seguir presentes en el texto y en el espíritu de lo que se renegocie.
Es patético que haya que reescribir partes del acuerdo para aclarar que cuando se habla de ‘género’ se está hablando fundamentalmente de las mujeres y de la forma específica en que han sido víctimas de la guerra. Pero supongo que si eso hace felices a los líderes religiosos que predican la compasión sin practicarla, pues así tendrá que ser. Pero volver al punto de partida y pretender que es posible sentarse a la mesa de negociaciones, como si los últimos cuatro años nunca hubieran pasado, puede tener –para citar el editorial del New York Times que tanta ampolla levantó– consecuencias catastróficas.
Celebro la celeridad con que el Gobierno está tratando de tramitar las propuestas y su compromiso de mantener al país informado sobre el avance de esas nuevas negociaciones. Igualmente importante es que la ciudadanía que quiere la paz siga apoyándola a través de marchas, cartas, discusiones, videos, mensajes en redes y todo lo que ayude a que ese futuro sin guerra, que sabemos es posible, por fin se materialice.
Adriana La Rotta
Adriana La Rotta
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