Viejo y querido Twitter

Viejo y querido Twitter

Quiero que vuelva el de antes, una cueva de desadaptados donde nadie le daba lecciones a nadie.

16 de octubre 2020 , 09:25 p. m.

El otro día me puse a limpiar mi cuenta de Twitter, la cual tengo desde hace casi once años, y sentí vergüenza al no entender de dónde me salían tanto odio e idioteces. Luego me puse a ver cuentas de personas a las que he seguido desde entonces y descubrí que andaban en la misma onda, debatiéndose entre la rabia y la estupidez, sobreactuadas al sentir por primera vez que el mundo les ponía atención.

Es que no teníamos filtro ni vergüenza, hablábamos descarnadamente de sexo y otras intimidades sin miedo a ser juzgados porque todos usábamos el mismo idioma, presos del subidón de la red social de moda. Escarbando tuits viejos di con uno de alguien que decía abiertamente que se masturbaba pensando en mí, cosa que hoy causaría cuando menos escozor, pero que en aquella época era apenas una señal más del voltaje que manejábamos. Dicha persona hoy ni siquiera me sigue, incluso me tiene bloqueado, tal vez convencida de que evolucionó mientras yo seguí siendo la misma mala persona de siempre.

Pues yo quiero que vuelva el Twitter de antes, cueva de desadaptados donde nadie le daba lecciones de vida a nadie. Hoy dices cualquier cosa, e inmediatamente aparecen cientos a decirte por que no deberías preferir esto sino lo otro, cómo tendrías que sentirte y las miles de formas en las que estas equivocado, incluso a explicarte por qué no debiste votar por tu candidato preferido en las últimas elecciones. Y, encima, si tiene el chance te corrige la ortografía. El otro día alguien dijo que disfrutaba el sonido de la lluvia en la noche porque lo ayudaba a dormir, y otro le contestó que, mientras él gozaba, había gente sin techo que sufría con el aguacero. Es que ya ni arrullarse con las gotas que golpean contra la ventana se puede sin que salgan los biempensantes a dar clases.

El Twitter de hoy es una cacería de brujas en la que a todo aquel que destaque o goce de popularidad le escarban su pasado hasta encontrarle la caída, cosa que ha ocurrido este año con personajes como Sofía Gómez y Jorge Iván del Valle, curiosamente ambos dedicados a los deportes acuáticos, como si vivir en el agua y tuitear no fueran compatibles. Los dos se disculparon en su momento por los tuits de antaño, cosa que no tiene ningún sentido, salvo que tenga como objeto no perder patrocinadores, y mientras que Sofía no volvió a aparecer, Jorge apenas se está recuperando de la linchada.

También pasa que si a alguien se le ocurre un tuit ingenioso, el resto empieza a reversionarlo, copiarlo, reencaucharlo, y encima se ponen a pelear por quién lo dijo primero, como si en vez de haber redactado un mísero tuit hubieran escrito En busca del tiempo perdido. Es que por donde se le mire, muchos de los que encauzan la conversación en Twitter son mediocres con aspiraciones. Y la vanidad es tal que ya no alcanza con señalar al que se equivoca en el mismo Twitter, sino que salen a buscar quién ha cometido alguna imprudencia en otra red social para exhibirlo allí, es decir, importan el crimen y lo juzgan, una especie de extradición digital. En medio de la dictadura de la corrección política se salvan muy pocos, entre esos una cosa llamada Tinder pobre, actividad de lo más divertida en la que un tuitero se pone a unir personas que están desesperadas por tener pareja, y una cuenta llamada Bipolardo, donde la ofensa y el insulto con inteligencia, así parezca burdo, son la regla.

Yo no quiero el Twitter de ahora, cada vez me aburre más, no solo por esa insoportable superioridad moral, sino porque también se ha llenado de gente que anuncia que consiguió empleo o pareja, terminó un posgrado o compró casa. Yo no quiero gente feliz, quiero personas fracasadas y amargadas; si quieren presumir de sus éxitos, es mejor que se vayan a Instagram.

Adolfo Zableh Durán

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