Ve a terapia

Hay en Twitter una cantidad de personas mandando, con ligereza y soberbia, a terapia a otra gente.

22 de enero 2021 , 09:25 p. m.

Hay en Twitter una cantidad de gente mandando a terapia a otra gente. “Vayan a terapia”, dicen a secas como quien manda a alguien a comprar pan y leche a la tienda de la esquina. Y lo hacen no solo con ligereza, por aburrimiento o por likes, sino con soberbia, dando órdenes desde un pedestal. Es tan frecuente encontrarse con la frase que ya se volvió de cajón, un cliché que viene acompañado de otras ordenes, como hacer ejercicio o aprender otro idioma; o como recurso para cerrar una conversación desagradable: en lugar de mandar a alguien a la mierda, lo mandan a terapia.

No se manda a terapia a cualquiera ni por cualquier motivo. La primera vez que fui a una vivía en Barranquilla, tenía dieciséis años y una relación de caos con mis padres. En aquella época y aquel lugar el tema era tabú y se creía que ir al sicólogo era para locos o débiles, lo chistoso es que todavía hoy muchos consideran que buscar ayuda profesional sigue siendo para locos o débiles.

La primera vez que vas al sicólogo no sabes qué hacer. De arranque, te decepcionas porque no hay un diván, como muestran en las caricaturas y en las películas; luego del pinchazo, desde la silla común y corriente en la que te sientan no sabes si callarte y esperar instrucciones o arrancar a hablar como un perdido al que acaban de encontrar. Dígame usted, ¿quién habla más que un perdido recién aparecido? El punto es que ignoras qué contar y qué guardarte, qué de lo que digas va a ser de ayuda y qué podrá ser usado en tu contra. Y mientras más hablas, menos sentido le encuentras al asunto. ¿De qué manera contar anécdotas al azar va a liberarte de tus traumas? Como la dinámica es misteriosa, muchos abandonan sobre la marcha.

Durante la adolescencia me la pasé entrando y saliendo de consultorios sin hallar respuestas hasta que un día, ya de adulto, algo encajó. Cuando cae la primera pieza caen las demás y todo empieza a funcionar, solo hay que tener paciencia. Una de las claves, por ejemplo, es asistir por iniciativa propia, no por obligación ni compromiso; si entiendes eso, no solo empiezas a ir con gusto, sino con intriga por saber qué vas a descubrir en la próxima sesión. Yo hice clic con una sicóloga específica y a partir de ella empecé a buscar otros métodos de autoconocimiento, siempre con la misma idea: así se tengan todas las herramientas a la mano, el cambio solo proviene del deseo propio. Luego de eso, si confías en tu terapeuta terminas contándole cosas que en condiciones normales no te dirías ni a ti mismo frente el espejo.

Hace rato no voy a terapia, en lugar de eso terminé un libro que sale en un par de meses y sirvió de catarsis. Escribir siempre ha sido una terapia, pero a la vez nunca fue suficiente porque, por mucho que alguien crea conocerse, necesita de un tercero que le haga enfrentar los problemas que no quiere aceptar. El libro lo escribí llorando, tres meses de llanto divididos en cuatro sesiones a la semana de cinco horas cada una, así que haga la cuenta. Tecleaba fuerte y rápido, como si el mundo se estuviera acabando, y muchas veces me descubría con los ojos bañados en lágrimas, sin que me diera cuenta.

Es lógico que tal cosa pasara porque la historia es nostálgica, de cómo las personas y los sitios nunca volvemos a ser los mismos así lo deseemos. Suena a cualquier cosa porque nunca sé explicar de qué trata lo que escribo, pero es un libro bonito, por fin algo de lo que puedo sentirme orgulloso. Por otro lado, no hay mérito alguno en que me haya sacado lágrimas, hace poco lloré oyendo AC/DC, que está a kilómetros de escribir baladas románticas. Gracias a una cosa y con otra recordé uno de los hallazgos más valiosos que he hecho en terapia, de esos que parecen obvios, pero que al pronunciar en voz alta cobran sentido: todas las veces que creí que lloraba por algo, en realidad lloraba por mí.

Adolfo Zableh Durán

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