Un mundo sin fútbol

Un mundo sin fútbol

El fútbol mueve fortunas irreales, y nadie pregunta de dónde vienen.

07 de junio 2019 , 07:30 p.m.

Fútbol por todos lados. No es solo que más de mil millones de televidentes hayan visto la final del Mundial de Rusia, entre Francia y Croacia, sino que todos los días hay juegos. Ya no tiene sentido preguntarle a alguien qué partido está viendo si la parrilla está inundada con todo tipo de torneos. Yo he contado hasta doce juegos transmitidos, en vivo y en simultánea; una rueda que no para. El fútbol es un negocio que goza de buena salud, y su decadencia parece imposible, pero no es tan descabellado pensar que en algún momento deje de ser el más popular de los deportes. Mira uno, y por todos lados hay escándalos y abusos.

La Fifa y sus asociados producen cada tanto noticias que caben más en las judiciales que en deportes, más allá de que su actual presidente haya dicho recientemente que ya dejó de ser una organización casi criminal, palabras textuales. La verdad, sobraba el “casi”, porque veinticuatro horas después era arrestado en París el presidente de la Confederación Africana de Fútbol por diversos cargos de corrupción y sobornos. Y el problema no es el fútbol, algo tan popular porque se puede practicar con piedras como arcos, la calle como cancha y un amarre de bolsas como pelota; el problema es el ser humano, como suele ocurrir en esta vida.

La burbuja es tal que desembolsar hoy 50 millones de euros por un jugador es como comprar gaseosas en la tienda. Y ni hablar de los sueldos. Un futbolista de primer nivel gana en un año más que lo que cualquier persona en toda su vida. El fútbol mueve fortunas irreales, y nadie pregunta de dónde vienen, no vaya a ser que se nos acabe la fiesta.

El otro día El Campín estaba semivacío, porque para ver un partido de tercera entre Colombia y Panamá cobraron las boletas como si fueran a enfrentarse el Brasil del 70 contra la Holanda del 74.

No quiero sonar mamerto ni amargado, pero no sé si un mundo enfermo como este aguante una desigualdad más. Mientras hay crímenes y hambre en todos lados, me tocó ver el otro día un partido que no empezaba porque faltaba un banderín de córner. Todo estaba perfecto: la cancha, los uniformes, el balón, los hinchas en las gradas, pero faltaba un palo esquinero y era imposible jugar así. En casos como este, tal nivel de sofisticación parece más bien decadencia.

Y para pagar todo el show no solo están los empresarios y los negocios dudosos, sino el dinero de los hinchas, que esculcamos nuestros bolsillos sin asco con tal de consumir fútbol. Por eso, el otro día El Campín estaba semivacío, porque para ver un partido de tercera entre Colombia y Panamá cobraron las boletas como si fueran a enfrentarse el Brasil del 70 contra la Holanda del 74. Y no solo eso, sino que hay reportes de que dentro del estadio estaban cobrando la gaseosa dos litros a 27.000 pesos. Este caso sirve para que entendamos que, aunque nos guste el fútbol y apoyemos a la selección, no es un bien público ni “el equipo de todos”. La Federación Colombiana de Fútbol es una empresa privada con patrocinadores privados, y ellos deciden cómo manejar ese producto llamado selección Colombia. Ya es cuestión nuestra ver si pagamos por él o no.

Las señales del fin están ahí: hay partidos amañados en la Liga española, con las casas de apuestas enrareciendo el ambiente, al tiempo que las marcas deportivas cobran por la camiseta de un equipo precios impagables. La más reciente final de la Champions presentó precios de reventa de más de dos mil euros por boleta (y, según un informe, una de cada ocho era falsificada). Todo esto sumado a barrasbravas que se matan como si en vez de un equipo de fútbol estuviéramos hablando de nuestras mamás.

Y no se trata de hechos aislados ni de unos pocos desadaptados, como suelen decir en los medios de comunicación; es el sistema, que cada vez funciona más así, con la permisividad de los mismos equipos. Quizá nosotros no alcancemos a verlo, pero si esto sigue así, el fútbol como lo conocemos tiene las horas contadas, que es lo mismo que decíamos antes de Castro y hoy afirmamos de Maduro.

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