Tu herencia

Tu herencia

Nunca te harán bustos ni estatuas, ninguna calle será bautizada en tu honor, pero no importa.

15 de septiembre 2018 , 12:05 a.m.

Tienes seis años y no sabes nada, solo que, salvo las hormigas, todo lo que existe en el mundo es más grande que tú. A los ocho ya eres más consciente de la edad y empiezas a tener recuerdos, nostalgia, y extrañas las cosas que hacías a los seis y hoy te parecen una bobada. A los diez años ves que Mbappé ganó un mundial con 19 y dices ‘me quedan nueve años para llegar allá, podría lograrlo’. Las cuentas las haces con algo de dificultad, eso sí, porque aún te cuestan trabajo las matemáticas, lo que te hace sentir incómodo con tus compañeros de clase. A los diez fantaseamos grandes cosas y creemos que ser campeón mundial es probable porque a esa edad los sueños son todavía una ilusión y no un imposible.

Es en la adolescencia cuando esos anhelos se convierten en miedos y más tarde, en frustraciones. A veces son los adultos los que se encargan de sabotearnos esos deseos; otras, nuestras propias limitaciones son las que se encargan de hacernos ver que es muy posible que no lleguemos a donde queremos.

A los diecisiete ves que se te hizo tarde y no vas a hacer la gran Mbappé, ni siquiera la gran Dino Zoff, que levantó la copa a los cuarenta. Te tocará entonces graduarte del colegio y escoger una carrera, como cualquier humano promedio. Esperas entonces elegir al menos una que te guste y te permita vivir bien, pero quién sabe, hay en el mundo tanta gente que odia lo que hace para vivir y, por falta de dinero o pasión, no vive sino que sobrevive.

Por culpa de aquella famosa crisis que ni idea de si sea real o inventada, a los veinticinco esperas haber alcanzado algo grande para cuando estés en tus treinta, y cuando los pisas te entra la tristeza porque no has hecho mayor cosa. No solo no diste para ser un exitoso deportista de alto rendimiento, sino que no has logrado causar un impacto en tu profesión. Tiempo y oportunidades para lograrlo te sobran, solo que en ese momento no lo sabes.

A los diez fantaseamos grandes cosas y creemos que ser campeón mundial es probable porque a esa edad los sueños son todavía una ilusión y no un imposible.

Entre los treinta y los cuarenta dices ‘podría ser presidente’, pero ves a Trudeau y Macron (hasta a Duque incluso) y sientes que también se te hizo tarde para eso. Hay que estar loco para querer ser presidente, y, encima, tú no lo quieres, pero piensas en ello porque se trata de uno de esos logros que tienen gran prestigio. En teoría, dirigir un país es una tarea destinada para seres especiales, y todos en el fondo creemos serlo, por lo que ser presidente no debería costarnos mucho trabajo.

Pasan algunos años, y en medio de la búsqueda de lo extraordinario te pones otra meta: ganar el Nobel. ¿Por qué no? Si renuncias a tu trabajo y te pones a escribir juicioso todas las ideas que han rondado por tu cabeza desde la adolescencia, sería posible. Pero te empapas un poco y descubres que García Márquez escribió su gran obra a los cuarenta, y sientes que desperdiciaste otra gran oportunidad para pasar a la historia. Encima, la fila para recibir el premio es más larga que la de Starbucks, y la encabeza Murakami. Entre eso y que Borges nunca se lo ganó, sabes que tampoco lo vas a lograr.

Entonces miras tu vida, lo que has hecho con ella a la fecha, y esperas al menos haber trascendido en pequeño. Buena salud, buena familia, buenos amigos; una hoja de vida decente y cero líos con la justicia. Haber viajado lo suficiente, también haber amado lo suficiente. En fin, una modesta herencia para que los tuyos tengan de dónde agarrarse cuando ya no estés. Que sirva para que te invoquen con cariño, que cuando hablen de ti te recuerden con sonrisas y que tus defectos y manías produzcan entre los que te conocieron chistes y no rabia.

Nunca te harán bustos ni estatuas, ninguna calle será bautizada en tu honor, pero no importa. Tu grandeza consistirá en ser recordado por unos cuantos.

ADOLFO ZABLEH DURÁN

Columnistas

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