Sweet Perico

Sweet Perico

Basta de decir con tono de denuncia e indignación que somos una narcodemocracia. 

21 de junio 2019 , 08:01 p.m.

Es curioso que después del asesinato de José Hernández hayan salido Álvaro Uribe y José Félix Lafaurie a lamentar el hecho. “Causa mucho dolor”, dijo el expresidente, mientras que Lafaurie afirmó que el país perdía a un gran señor. También es revelador. Porque Hernández tenía el rótulo de ganadero, pero se ha sabido que estaba involucrado en la venta ilegal de gasolina, lavaba dineros del narcotráfico, estaba siendo investigado por ser autor intelectual de un asesinato, y él mismo había sufrido tres atentados. No es que usted esté comiendo helado un sábado por la tarde en un centro comercial y lleguen desconocidos a matarlo porque sí. Eso no pasa.

Y Colombia no solo no sabía que Hernández andaba en cosas raras, sino que ni siquiera sabía que existía, porque no todos los delincuentes pueden tener el perfil de Pablo Escobar, pelearse con el Estado y tener serie de televisión propia. Es bueno para el mercadeo, pero malo para el negocio. Los que sí podían saber quién era Hernández eran las personas cercanas a él.

Y, aunque Duque no es precisamente cercano, porque un político tiene que relacionarse con toda clase de gente, existen fotos suyas con Hernández, quien lo apoyó en su campaña a la presidencia.

Más bien, que legalicen la droga no solo porque es una prohibición absurda, sino porque le convendría a nuestra economía y, de paso, salvaría de aprietos a los políticos de turno.

Somos una narcodemocracia, lo hemos sido durante muchos años. Todos, de alguna manera, y hasta sin saberlo, hemos apoyado el narcotráfico y nos hemos beneficiado de él. ¿Cuántas obras civiles o privadas habrán tenido su origen en dineros raros? ¿A cuántas empresas fachada les habremos hecho trabajos? ¿Cuántas fiestas no han estado llenas de drogas? No son Duque, Uribe y Lafaurie las primeras ni las últimas personas que tienen un conocido metido en negocios ‘raros’.

Pasa que el mundo combate el crimen al tiempo que adopta a los criminales hasta lavarles la imagen. Narcos, traficantes de armas, delincuentes financieros, políticos corruptos, todos insertados en la sociedad como si nada hubiera pasado. ¿No queremos ir al Mundial de Catar pese a que han muerto más de dos mil personas construyendo los estadios en condiciones inhumanas?

Pues eso, hay que dejar la doble moral y dejar de fingir que nos importan ese tipo de cosas. No puede ser que nos incomoden los crímenes de unos y seamos permisivos con los de otros. No puede ser que encontremos inaceptable que Samper y Santos hayan llegado a la presidencia y el Congreso, pero nos importe poco que en otros partidos haya personas con vínculos iguales o, incluso, más fuertes con el narcotráfico. No puede ser que Luis Carlos Vélez tilde a Jesús Santrich de narcotraficante y diga que no lo va a entrevistar hasta que sus investigaciones terminen, pero reciba con sonrisas a otros políticos con, por ejemplo, procesos abiertos en la Corte Suprema de Justicia.

No está el mundo para que alguien se ponga de faro de la moral si todos somos convenientes y tenemos preferencias y afectos que nos impiden ser imparciales. Increíble es también que nos opongamos al consumo de droga mientras nos damos abrazos con quienes se enriquecen con la producción de esta. Nos parecemos a Steve Jobs, que mientras les prohibía a sus hijos el uso del iPad se lucraba con su producción en masa. Somos los Steve Jobs del narcotráfico.

Basta de decir con tono de denuncia e indignación que somos una narcodemocracia, que no tenemos autoridad para tal cosa. Más bien, que legalicen la droga no solo porque es una prohibición absurda, sino porque le convendría a nuestra economía y, de paso, salvaría de aprietos a los políticos de turno. Imaginen ustedes a Lafaurie, Uribe y Duque no siendo señalados por estar con un narcotraficante, sino admirados por conocer al CEO de Sweet Perico International. De la vergüenza al caché en un solo paso.

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