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Siempre estoy bien

Siempre estoy bien

Siempre estoy bien así esté mal porque los problemas me pasan por encima sin que los sienta.

19 de marzo 2021 , 09:25 p. m.

Yo siempre estoy bien, aunque últimamente no lo esté tanto. O sea, siempre estoy bien así esté mal porque los problemas de la vida me pasan por encima sin que los sienta, solo que ahora he empezado a sentir más rabia que de costumbre. Las emociones son un misterio, y así como cuando lloramos lo hacemos por algo más y no por lo que creemos llorar, no explotamos de furia por lo que nos causa rabia, sino por razones que yacen en el pasado y creemos superadas.

Y sé que no tengo razones para sentirme así, pero dile a alguien que no se queje pese a sus privilegios y bendiciones. Es que no tolero nada, ni las opiniones de los demás. La semana pasada exploté porque no encontraba la tarjeta débito y luego me regañé cruelmente por regar gaseosa en la alfombra. No aguanto que se caiga el internet ni que Word me subraye en rojo palabras que sé que están bien escritas. O sea, encuentro inaceptable que uno de los hombres más ricos del mundo haga una aplicación con un diccionario incompleto, pero ese es un tema mío, no suyo. Me siento tan fracasado en tantas áreas de la vida que no soporto que las otras no funcionen a la perfección.

Pese a estar alterado durante las últimas semanas, no olvido que esos arranques son responsabilidad propia. Pienso en ello cuando veo a los hinchas de un equipo ensañarse con el jugador que falló un gol, o con los que lanzaron piedras a la casa del hombre que mató a un perro en Palmira. Sí, horrible todo, pero lo que hacía esa gente era desfogarse a cuenta de quién sabe qué daños de la vida. A veces, el odio exacerbado hacia Uribe no tiene nada que ver con Uribe, sino con las frustraciones de quien lo odia, como cuando en Forrest Gump el novio de Jenny justificaba su violencia por la aversión que le tenía a Lyndon B. Johnson.

A mí me pasa con el Presidente. No lo soporto porque veo reflejados en él a los seres más insufribles de mi colegio, niños consentidos buenos para nada que siempre se salían con la suya; actuaban a placer y nunca eran castigados. En ese entonces pensaba que, si existía la justicia, tarde o temprano quedarían en evidencia, pero ¿quién dijo que la vida es justa?

No acepto tampoco sentirme gordo y no tener la fuerza de voluntad para hacer algo al respecto. De eso me gustaría hablar con él, preguntarle si sufre, si le incomoda su cuerpo, si le molesta mirarse al espejo como a mí y si, a diferencia mía, le tiene sin cuidado que la mitad del clóset no le quede y que con la otra mitad se vea todo embutido.

No sé él, pero yo no puedo ver a una persona más de tres veces porque ese es el número de pintas en las que todavía entro. También le preguntaría por qué defendió las gaseosas cuando les querían poner un impuesto adicional. ¿De verdad las cree inofensivas, o le gustan tanto que no quiere verlas desaparecer de la dieta de los colombianos?

Mi rabia tiene que ver también con estar soltero, y en eso tiene mucho que ver una pareja que recién se mudó al frente. No solo su edificio es mejor que el mío, su vida también lo es. El apartamento se ve decorado con cariño, con un florero en el centro de la sala que vive lleno de colores, una gran biblioteca en el cuarto, cocina abierta con vista a la calle y una pared en azul aguamarina llena de cuadros. Y siempre tienen visitas, su balcón suele estar lleno de invitados con los que hablan y ríen mientras hacen asados.

Lo sé porque los espío desde mi sala, en silencio y a oscuras. Se ven tan plenos que me hacen desear su vida, así sea por un instante. Quisiera una pareja, pero no hay forma, la verdad es que nunca me ha interesado la gente y ya se me ha hecho tarde para estar con alguien; se me hizo tarde para muchas cosas, también para ser una mejor persona. Aunque quiera una relación como la de mis vecinos, al final la arruinaría como me he ido arruinando a mí mismo.

Adolfo Zableh Durán

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