Respira

Respira

Meditar te lleva a estar bien contigo mismo y a lograr estar en paz con el universo.

03 de abril 2020 , 07:58 p.m.

Hace años asistí a un curso donde había que meditar diecisiete horas al día durante doce días. Siempre me pregunté para qué podría servirme tal cosa, y es en momentos como este cuando entiendo que cada minuto que sufrí valió la pena. Sufrir al principio, porque una vez le coges el tiro descubres que es una maravilla, empiezas a volar y no te agarra nadie. Yo he vivido varias cosas bonitas, como haber ido a los últimos cuatro mundiales de fútbol, pero aprender a meditar es lo más grande que me ha pasado.

Y no es cierto que hasta ahora lo esté apreciando, después del curso seguí meditando y un día lo dejé porque los placeres mundanos jalan duro. Siempre será más fácil ver un partido mientras comes pizza que sentarte en el suelo con nada más que tu cuerpo. Sin saber que se vendría un encierro de estas proporciones, retomé la meditación hace poco más de un año, y si bien es cierto que todos necesitamos dinero para subsistir, mientras la economía está en paro bueno es tener paz mental.

Meditar, al menos de la forma en que yo lo hago, es sentir el cuerpo por medio de la respiración y olvidarse de todo lo demás. Respirar es la clave, y mientras meditas, en silencio y sin guías, vas sintiendo parte por parte a ver qué pasa en cada una de ellas. Así, no solo entiendes la vida por medio de entender tu cuerpo, sino que aprendes a aceptar, que no es lo mismo que resignarse. Aceptar es comprender que las cosas son como son y que no hay nada que puedas hacer para cambiarlas. Resignarse, en cambio, es tirar la toalla.

Vas en un carro y se vara, entonces no pierdes la cabeza porque sabes que las cosas que funcionan un día dejan de funcionar y buscas la manera de seguir: arreglándolo, llamando a un mecánico, subiéndote a un bus, yéndote a pie; eso es aceptar. Resignarse es emputarse y llorar porque el carro no anduvo más y todos tus planes se arruinaron.

Aceptar es bonito porque descubres que nada está bajo tu control y que la seguridad es algo que nos inventamos para poder dormir por la noche. Es que ni nuestro propio cuerpo controlamos, un día te enfermas y no sabes por qué ni cómo solucionarlo. Desde que asimilé tal cosa trato de alejarme de la gente que siente que tiene que tener todo bajo control.

Otra ganancia de meditar es que te enseña que pensar no sirve para nada. O sea, si vas a cruzar una calle tienes que usar la cabeza para que no te atropellen; o si vas a construir un puente, hay que calcular bien para que no se te caiga, pero, más allá de eso, pensar es inútil. Las cosas no se piensan, se sienten. Cuando aprendes a sentir descubres que el cuerpo es infalible, que nunca se equivoca y que tiene todas las respuestas; te las grita todo el día, lo que pasa es que nos hemos especializado en no oírlo.

Meditar te lleva a estar bien contigo mismo y por ahí logras estar en paz con el universo, lo malo es que te matan el sentido del humor y el deseo sexual, porque la energía se consume en otros lados. A veces extraño mi versión antigua, llena de rabia y de lujuria, sobre todo a la hora de escribir, pero de ninguna manera volvería al pasado. No odiar, no alimentar el ego demasiado y no querer tener la razón son otras de las cosas que se logran con el tiempo.

También duermo de corrido, que es lo que muchos necesitan por estos días. En tiempos de crisis, cualquier recurso es válido y la gente echa mano de lo que sea con tal de no desbaratarse. Meditar calma más que rezar, porque es uno con su propio cuerpo, sin templos ni deidades; eso no nos lo dicen en la iglesia porque se les acabaría el negocio. Pero quien crea que el camino es creer en Dios, que vaya y rece. Un dios de amor e inclusión, digo, porque si la religión más bien le sirve para sentirse superior, odiar y segregar a los que no viven igual, de golpe sea hora de buscar sosiego en otra cosa.

Adolfo Zableh Durán

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