¿Quién nos va a enterrar?

¿Quién nos va a enterrar?

La soledad se vuelve tan cómoda que no te das cuenta de en qué momento el mundo te dejó atrás.

20 de septiembre 2019 , 07:08 p.m.

Llegué a la casa el jueves pasado al mediodía, y desde entonces no he vuelto a salir. Ahora es lunes, aclaro. El domingo en la noche sonó el citófono, y era el portero a ver si seguía vivo. Suena raro, pero cosas así ocurren en mi edificio: el otro día pensé que mi vecino de arriba había muerto porque llevaba catorce horas con la televisión a todo volumen en el mismo canal.

Vivir solo es un placer. Yo nunca me aburro y siempre tengo algo que hacer, tanto que cuando me invitan a algo invento que ya tengo planes. Así, la gente cree que me la paso en asados, paseos, cumpleaños y despedidas, cuando en realidad estoy en mi casa haciendo nada y haciendo de todo.

A veces me entra el remordimiento por sentir que estoy pudriéndome en ese apartamento, entonces me asomo por la ventana a mirar la gente pasar, como si estuviera espiando la vida, y me veo como esos ancianos que ya no salen y se la pasan en silla de ruedas en su casa, dependientes de que alguien los acerque a una ventana a que cojan sol y se distraigan mirando la calle. Mi mamá hacía eso con mi abuela, pero en esa época nosotros teníamos un patio amplio con un eucalipto alto y viejo, más viejo que la abuela misma.

Cuando vives solo te viene de maravilla eso de que nadie te controla, pero llega un momento en que necesitas un sacudón porque sientes que tu vida carece de milagros y que todo es predecible. Quisieras que algo nuevo y excitante pasara, pero no sabes por dónde empezar. ¿Salir a la calle a ver qué pasa? ¿Buscar a tus amigos e inventarse planes? Para qué, si ellos están en lo mismo que tú, viviendo su vida, o muriéndose en ella. La soledad se vuelve tan cómoda que no te das cuenta de en qué momento el mundo te dejó atrás y se olvidó de ti. Luego llega el punto en que ya no sientes placer en las pequeñas cosas, tampoco en las más mundanas, las más exuberantes o las más retorcidas. Ni qué decir del placer espiritual, tan difícil de alcanzar pero tan gratificante cuando se logra.

Vivir solo es una delicia. Morir solos es lo que nos aterra, y sin embargo estamos haciendo todo lo posible para que pase. No nos estamos casando ni teniendo hijos, ni siquiera nos estamos asociando con otros solitarios para darnos apoyo en la vejez, quizá porque no necesitar de los demás nos haga sentir superiores y creer que la muerte nos va a sorprender sanos y fuertes.

Vivimos con esa pose de ‘no soporto a la gente’, en tanto que en internet ponemos nuestra cara más amable e invitamos a desconocidos a participar en dinámicas mientras los tratamos como si fueran nuestros amigotes de toda la vida. Se nos olvida que la decrepitud siempre llega y es horrible, así estemos rodeados de facilidades, dinero, familiares y enfermeros, y le apostamos a que eso no nos va a ocurrir a nosotros. Nuestros padres no tienen pensiones, pero al menos tienen hijos para que les den una mano; nosotros estamos depositando toda la fe en el mundo virtual, en las mascotas y en que en algún momento nos pensionemos, pero ni eso va a alcanzar.

A este paso, nuestros amigos irán muriendo y ni nos enteraremos, así como ellos no tendrán idea de nuestra suerte. Agonizaremos en la privacidad de nuestra casa, y nos descubrirá quien pase por allí cuando empecemos a oler feo, aunque la vida moderna se ha vuelto tan solitaria que ni eso.

Me cuenta una amiga que un tipo murió desangrado afuera de un supermercado porque dos adolescentes, casi niños, lo robaron. Semejante hecho, y no salió en las noticias. Entro a Google, escribo ‘desangrado en supermercado’, y me sale una receta para hacer unas berenjenas a la parmesana que hay que desangrar antes. Me antojo del plato, pero cocinar para una sola persona es un tedio, así que cojo el teléfono y pido una pizza a domicilio.

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