Por un pollo asado

Por un pollo asado

Mi vida debería ser diferente. Me la he pasado sentado a la espera de que las cosas pasen solas.

23 de octubre 2020 , 09:25 p. m.

He leído que las parejas no deben irse a dormir peleando, pero no he encontrado nada sobre irse a la cama peleado con uno mismo. El domingo pasado me acosté odiándome como no me odiaba hacía años por culpa de un pollo asado que me comí a las nueve de la noche. A eso de las siete se me ocurrió la idea, la fui madurando aun sabiendo que estaba mal y tipo ocho y media salí rumbo a la pollería dispuesto a intoxicarme. Llevo toda la vida comiendo mal, sabiéndolo y permitiéndolo, dándome pequeñas licencias, diciéndome que es solo una vez y que al día siguiente me pongo juicioso.

Dicen que la gente en crisis suele sufrir por las noches y estar más tranquila cuando sale el sol, para mí es al revés porque en las noches me hago promesas que no voy a cumplir, lo que convierte las mañanas en algo terrorífico donde nada va a mejorar.

Camino al asadero sabía la torpeza que cometía, pero no solo no logré detenerme ni eché reversa, sino que aceleré el paso pensando en el banquete que me esperaba y al que acompañé con papa, plátano, arepa, dos gaseosas y una chocolatina. Menos mal es comida y no droga, si me hubiera dado por meter igual a como me alimento, habría muerto a los dieciocho.

Y así pasa con todo. Soy un irresponsable conmigo mismo, laxo y complaciente, un adicto a las cosas que me destruyen, solo que lo hago a cuotas, una decadencia que no cesa, una aniquilación que me ha tomado décadas. Y no hablo de drogas o de alcohol, sino de cosas cotidianas, casi inocentes, comida y rutinas más que todo. Mi cerebro es una cosa retorcida que lo único que hace es perjudicarme, como si en vez de mi motor fuera mi freno.

Llevo veinte años tratando de empezar de cero cada mañana y fallando ineludiblemente cada veinticuatro horas, al punto de que esta semana me propuse acabar con tres de las actividades que más daño me hacen, la pereza, el sexo y comer pollo asado. Ojalá esta vez vaya en serio porque no puedo más, necesito ordenarme, pero es difícil hacerlo cuando no se sabe por dónde empezar.

Mi vida debería ser diferente, estar en un momento mejor. Me siento quince años atrasado, diez si soy generoso. Me la he pasado sentado a la espera de que las cosas pasen solas, apostándole a que alguien adivine dónde vivo y llegue a ofrecerme lo que siempre he soñado. Pasa con la escritura, por ejemplo, que es lo único que medio sé hacer. Me da envidia ver que gente menos hábil que yo publica y es elogiada, no soporto que celebren a alguien al que considero inferior a mí, escritores y columnistas llenos de lugares comunes que escriben montones de palabras y no dicen nada relevante. También gracias a ellos no paro de escribir, a veces hallamos la motivación en los lugares menos esperados.

Pero, aunque me pese mucho, es un alivio saber que no estoy solo en eso de sufrir por no ser disciplinado y prolijo. Hace unas semanas me escribió un amigo para contarme que estaba mal de ánimo, y aunque no sé de dónde creyó que yo podía ayudarle, hice mi mejor esfuerzo y le hice ver que su vida estaba llena de logros, que tenía una empresa, un talento, una familia, que mirara bien, siguiera adelante y no se preocupara porque, al igual que él, todos nos sentimos quedados. Por último, le hablé de una escena de Los Soprano en la que Tony, el protagonista, le dice a su sicóloga: “Soy el dueño del mundo y no puedo parar de sentirme como un perdedor”. Y si eso le pasa al hombre que controla la mafia italiana de Nueva York, ¿qué se puede esperar para dos tipos del promedio como mi amigo y yo?

Ya sea por la puerta grande o por la de salida de emergencia, mi vida se acerca a su fin y no hago nada por mejorarla, cada momento de ella es una oportunidad perdida. Pasó ayer, está pasando ahora, sé que pasara mañana, otro día que desaprovecho sin hacer algo memorable.

Adolfo Zableh Durán

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