Otro país

Otro país

Tal vez sea hora de dejar tanto dolor de patria más bien movilizarse para que las cosas cambien.

31 de agosto 2018 , 08:00 p.m.

Quizá antes de ser un país que quiere lograr la paz y derrotar la corrupción, deberíamos ser un país que deja pasar al que pone la direccional. O mejor, que pone la direccional para avisar que va a cambiar de carril en vez de hacerlo a la brava, que es lo que nos gusta. No usar las direccionales y echarle el carro encima al que las pone para pedir el paso, como si en vez de la vía nos estuviera pidiendo plata prestada, son dos vicios que van de la mano.

Todo esto a cuenta de una nueva derrota de los biempensantes en las urnas, y van tres. Ganó el No en el plebiscito por la paz, Duque quedó de Presidente y la consulta anticorrupción no pasó el umbral. Alguien que cree en las energías del universo diría que no se trata de que Colombia sea un país atrasado y salvaje, sino de que la vida nos está mandando una señal.

Así duela, la tusa electoral hay que superarla, dejar la sobreactuación y seguir viviendo. Es que pareciera que hay gente que prefiere perder una elección para poder gritarle al mundo que está dolida. No se cansan de perder, tampoco entienden que el país donde ellos viven no es el país real. Pese a los esfuerzos, al día de hoy Colombia sigue siendo recocha, populismo, informalidad, ilegalidad. Tal vez sea hora de dejar tanto dolor de patria y tanta tusa y más bien movilizarse para que las cosas empiecen a cambiar.

Alguien que cree en las energías del universo diría que no se trata de que Colombia sea un país atrasado y salvaje, sino de que la vida nos está mandando una señal.

Y no hablo de movilizaciones masivas y plantones en la plaza de Bolívar, que también; me refiero a actos individuales. Una cantidad tan grande que hechos de a uno sumen millones y se vuelvan un caudal imparable. La única manera de tener un mejor país, gobernado por dirigentes honrados, es que los ciudadanos lo seamos primero.

Así, un día los honrados serán más y llegarán a los puestos públicos o inspirarán a los políticos, que ya no harán de las suyas porque la sociedad se las va a tener adentro; así se cambia un país. Pero no se trata de elegir líderes que prometan cambios y tiempos mejores para que nos guíen por donde ellos quieran con agendas secretas, sino de que cada uno sea su propio ejemplo; hablo de un cambio desde la conciencia.

Ser intolerante con la corrupción, así como se es con la violencia infantil y el maltrato a la mujer. Todos tenemos un amigo, un familiar que vive del Estado corrupto, que hace torcidos; incluso, hasta comemos de ellos, lo que hace todo más difícil.

Nadie dice que sea fácil ni rápido, pero hay que hacerlo. El éxito de las sociedades escandinavas que tanto admiramos, por ejemplo, es que usan códigos sociales que se imponen sobre las mismas reglas. Allá hay lugares donde la gente que tiene tienda la deja abierta, se va para la casa y quien necesita algo llega, lo coge y deja la plata y una nota diciendo lo que tomó.

También se ve en el deporte: hace poco un noruego competidor de canotaje renunció a su medalla de bronce en el campeonato mundial porque los jueces no vieron que no había pasado una boya de la manera en que lo exige el reglamento. Años atrás, en un Dinamarca–Irán, los europeos fallaron un penalti a propósito al considerar que el árbitro se había equivocado al señalarlo. ¿Resultado final? Irán 1 – Dinamarca 0. Acá alguien llega a hacer algo similar y no lo bajamos de huevón.

Allá tienen claro que los principios no se negocian, que la honestidad es la base de todo, que el bien general está por encima de nuestros propios intereses y que una sociedad civilizada funciona si va a la velocidad del más débil, del más lento, del más desadaptado, y que entre todos lo jalan para que pueda avanzar.

Tanto que nos gusta visitar Europa, la próxima vez que vayamos podríamos traernos algo de su cultura, y no hablo de patas de jamón, réplicas de la torre Eiffel ni rosarios del Vaticano bendecidos por el Papa.

ADOLFO ZABLEH

Columnistas

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